Dos australianos

 
2/11/2019

En la sobremesa, después de un gratísimo almuerzo con amigos, uno de ellos nos sugiere ver un espléndido documental sobre Villaluenga del Rosario que filmaron en 1981 los australianos Ian James Wilson y John Tristram y al que se le había perdido el rastro hasta que un equipo de investigadores de la Universidad de Cádiz lo localizó, digitalizó y reestrenó hace apenas unos meses. Es bellísimo y nos ha emocionado a todos. El pueblo y sus gentes apenas han cambiado, pero hay algo en las imágenes, en el ritmo de vida que transmiten, que habla de un mundo distinto: más pobre, quizá, más apegado a modos de vida de subsistencia, en cierto modo más autosuficiente; aunque también, qué duda cabe, tocado por ese factor de cambio que suponen las modas: esas pobladas melenas y barbas que lucían la mayoría de los hombres, y que hacen que nos recuerden las efigies de los músicos de entonces, cuando se retrataban en las portadas de los discos; o el hecho, para mí entrañable, de que cierto muchacho que aparece tocando una guitarra no esté usando una guitarra española tradicional, sino una de aquellas inefables "acústicas" de cantantes de música folk que estaban en boga entonces y de las que presumían todos los que se las podían permitir. 

Porque, desde luego, la televisión y el turismo hacían ya de las suyas; pero faltaba, quizá, el más poderoso factor de cambio: el dinero, que pronto llegaría en forma de subsidios e inversiones procedentes de la Unión Europea, en la que España no había entrado aún. Con esos dineros, las precarias queserías se convertirían en modernas fábricas, las destartaladas motocicletas serían sustituidas por coches, los burros casi desaparecerían del panorama, los chicos y chicas que jugaban en las plazas a lo mismo que habían jugado sus padres y abuelos empezarían a quedarse en casa haciendo las abrumadoras tareas de la escuela y dedicando el tiempo libre restante a distraerse con dispositivos electrónicos. La taberna se convertiría en mesón o restaurante, la pensión en hostal dedicado al "turismo rural". Y lo curioso es que todos esos cambios hayan traído una cierta paz social, que es muy de agradecer, pero no la conciencia de que hayamos entrado en una etapa de conquistas sociales consolidadas y verdadero progreso que vaya más allá de asegurar la subsistencia. Y es eso, y no un falso sentimiento de nostalgia inducida, lo que causa la indefinible añoranza con la vemos hoy las imágenes que aquellos australianos filmaron hace treinta y ocho años.

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