Elecciones





11/11/2019

Me ha tocado ser vocal en una mesa electoral, lo que me ha tenido ocupado todo el domingo. Muchos me habían dado su condolencias por ello, después de asegurarme que era una tarea poco menos que infernal. Pero a mí me ha gustado la experiencia: ha sido como pasar revista a todo el barrio, ha habido anécdotas jugosas y uno ha terminado convencido de una doble evidencia un tanto contradictoria: por un lado, que en este país no sabemos organizar nada de modo que dé la impresión de que la actividad en cuestión se desarrolla de un modo ordenado y bajo el control de gente disciplinada y consciente de su responsabilidad; y, por otro, que, pese a lo dicho, un proceso tan complicado de llevar a cabo como unas elecciones termina efectuándose con notable eficacia y un alto grado de fiabilidad (otra cosa es que nos gusten más o menos los resultados, ay), gracias a la buena voluntad de la gente anónima que hace posible su desarrollo. En circunstancias de este tipo, tan multitudinarias y con las responsabilidades de cada cual muy diluidas, resulta verdaderamente sencillo crear problemas; y lo verdaderamente notable es que, a pesar de la evidencia estadística de que siempre hay un porcentaje de la población dispuesto a ello, en estas ocasiones los incidentes siempre son mínimos y se solucionan de inmediato gracias a la excelente predisposición de todos.


Y por eso no echa uno cuenta de que una mujer que se había confundido de mesa, y a quien intenté explicar que no podía votar en la mía porque su apellido o su calle, o quizá ambas cosas, no estaban incluidos en la porción del censo que podía votar allí, interpretara la sonrisa de cansancio de mi compañera de mesa como una burla y se encarara con ella con una agresividad verbal absolutamente fuera de lugar; o que una mujer de unos treinta años, muy bien vestida y que en cualquier contexto uno hubiera considerado un dechado de esas perfecciones que cabe esperar de la buena educación y de la vida acomodada, me pidiera que le explicara qué tenía que hacer: no tenía ni idea de cómo o qué se votaba; o que un muchacho un tanto extraño se nos quedara mirando fijamente durante unos larguísimos segundos antes de introducir en la urna los sobres en los que había depositado su voto, y no devolviera ni nuestro saludo ni las gracias que dábamos a todos los votantes... Por alguna razón, seguramente infundada, atribuyo a este chico dos de los escasos votos nulos que tuvimos que contabilizar, uno para el congreso y otro para el senado: en ambos casos las papeletas que encontramos dentro de los sobres estaban hechas trizas, en trozo pequeñísimos, que revelaban que quien había perpetrado ese curioso gesto de disconformidad se había tomado su tiempo. Etcétera. 

Por lo mismo, anoto también aquí la ecuanimidad de cierta apoderada cuando, al ver que nos planteábamos considerar nula una papeleta de un partido rival que presentaba un leve desgarro en la parte superior, defendió con empeño que ese desperfecto no correspondía a ninguno de los supuestos que anulan un voto, y que, por tanto, la papeleta debía considerarse válida; o la curiosa coincidencia que podía observarse entre la expresión de los ancianos que acudían a votar del brazo de sus hijos o cuidadores, y que introducían el voto en la urna con mano temblorosa y luego sonreían como para disculparse de su torpeza, y la de los adolescentes con dieciocho años recién cumplidos que estrenaban voto e igualmente agradecían con una sonrisa que nadie les hubiera puesto impedimentos para ejercer esa prerrogativa de adultos.

El recuento acabó al filo de la una de la madrugada, y aún hubo que desplazarse al juzgado para entregar la documentación electoral, lo que hicimos en el coche del novio de la presidenta de la mesa, ante la evidencia de que el procedimiento previsto, que era que nos llevara la policía en uno de sus coches, era pura quimera organizativa y no había coches disponibles. En el juzgado, un juez con cara de que a él tampoco le apetecía mucho trasnochar recibía los abultados sobres y no ponía demasiadas pegas a la infinidad de pequeños errores de procedimiento en los que incurríamos quienes habíamos tenido que aprender sobre la marcha los detalles. Llegué a casa agotado y feliz, cuando ya los partidos hacía horas que habían celebrado sus victorias o llorado sus derrotas, y caí en la cama rendido como un bendito. 

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