Goodbye

17/11/2019

Viendo de nuevo Goodbye, Lenin -ando preparando un cinefórum con mis alumnos, con motivo del treinta aniversario de la caída del Muro de Berlín- me da por pensar que el mensaje que transmite ahora esta película es muy distinto del que percibíamos en el momento de su estreno, en 2003. Entonces nos pareció que el chiste estaba en la cuidada e irónica evocación del modo de vida, modesto pero digno, de la población de la República Democrática Alemana: esos muebles, papeles pintados, artículos de consumo de sospechosa fabricación local, etcétera, que parecían responder a lo que había sido moda en Europa occidental, incluida España, quince o veinte años antes. La película, recuérdese, narraba los intentos de un hombre joven por evitar que su madre sufra una conmoción al recuperarse de un coma profundo que la ha tenido inconsciente desde las vísperas de la caída del Muro hasta ocho meses después: el chico teme que su madre, considerada un dechado de lealtad hacia el régimen comunista, no pueda asimilar los rápidos cambios que se han sucedido en ese tiempo, y que han llevado a la adopción del modo de vida capitalista y a la desaparición de la propia RDA. Para evitarlo, el joven protagonista urde una ingeniosa trama para que su madre, que no puede moverse de la cama, no perciba los cambios. 

En su día, ya digo, lo que hacía gracia era la recreación entre irónica y sentimental del entorno cotidiano en el que se desenvolvía la existencia del ciudadano medio de la antigua RDA; una sociedad que, aun a pesar de que su fundamento represivo resultaba indefendible, quizá hubiera merecido un final más digno, y no el mero colapso ante el empuje del capitalismo consumista. Pero quizá entonces, ya digo, ese segundo mensaje de la película no nos llegase con la claridad con que lo hace ahora, después de que una devastadora crisis económica haya minado la confianza de los ciudadanos en el propio sistema capitalista incluso en su expresión política más característica, la democracia liberal. Sí, ahora el chiste suena de otro modo: lo que queda en evidencia no es la relativa digna pobreza en la que vivía el ciudadano medio de la RDA, sino la absoluta inhumanidad del sistema llamado a imponerse. Ahora Berlín, me dice un amigo que va allí con frecuencia, es un supermercado: la Alexanderplatz está copada -como lo están las principales arterias de cualquier ciudad europea- por franquicias, mientras los alquileres se ponen por las nubes y los fondos de inversión acaparan las viviendas -eso sí: bajo una ley que "limita" a cien el número de las que pueden poseer-. Sí, lo otro, lo que tenían allí antes, era indefendible. Pero qué decir de lo que tienen, tenemos, ahora. 

  

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