La soledad es larga


23/11/2019

El día no amanece muy prometedor: a las ocho y media o así, que es cuando me desvelo definitivamente, después de una noche un tanto desapacible, llueve a cántaros. Pero apenas media hora después escampa, lo que aprovecho para salir a comprar el pan. Estamos literalmente dentro de una nube; pero, a diferencia de ayer, el envoltorio se mantiene en un estado aceptablemente gaseoso, sin llegar a precipitar en lluvia ingrávida, aunque casi. La panadería, que abre tarde, está cerrada, así que me acerco al colmado. La encargada, que ha de agacharse para tomar las hogazas de pan del fondo de un saco, se queja de lumbalgia. El día mismo parece predisponer a la queja. Pero el desayuno, que es copioso -dos tostadas, té y zumo de naranja, galletas- me rehace del malestar de la noche mal dormida. Miro la hora: no son ni siquiera las diez. Los compromisos, en el mejor de los casos, empezarán a partir del mediodía, que es cuando espero al leñero. Así que me siento ante el caballete y pinto un par de acuarelas rápidas: dos marinas, que no me salen mal, y que contribuyen a la creciente mejora del estado de ánimo que llevo experimentando desde que oí las quejas de la encargada del colmado y me dije que no iba a dejarme arrastrar a ese terreno del puro lamento. Poco antes del mediodía, como ajustándose a ese mismo patrón de positividad, llama a mi puerta el leñero, que ha traído el dúmper cargado de leña hasta mi misma puerta. Lo acompaña su hijo, un niño de cinco o seis años, que se empeña en colaborar en la descarga. El trasiego de tres personas acarreando leña desde la calle hasta el patio interior, cruzando el salón y la cocina de la casa, deja en estas estancias un resbaladizo rastro de pisadas de barro. El leñero me echa la culpa: deja caer que las pisadas se deben, no a que la calle esté mojada, sino al verdín que empercocha el suelo de mi patio, y que yo dejo crecer -esto no se lo digo- porque no me desagrada... 

En fin. Terminada la descarga de la leña -que, siguiendo los consejos del leñero, he aprendido a apilar como es debido, después de años haciédolo a mi albur y con resultados más bien insatisfactorios-, me sacudo las briznas de corteza y salgo a visitar a los amigos a lo que no fui a ver ayer, debido a las lluvias. Me invitan a almorzar: menú vegetariano, de productos de su huerta. Yo aporto una botella de manzanilla. Y así va pasando el día. Después de la siesta he encendido el fuego -el primero de la temporada- y me he sentado a escribir en este cuaderno. Pero la soledad es larga y aún quedan muchas horas antes de irse a dormir.

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