Soledades


22/11/2019

Benaocaz, 7.00 de la tarde y ya es noche cerrada. Lluvia intensa: o, mejor dicho, sensación de que el pueblo entero ha quedado sumergido en una nube de agua que se está deshaciendo sobre sí misma, sin que parezca que esté cercano el momento en el que acabe de vaciarse. He hecho el intento de salir a la calle y me lo he pensado mejor. A los amigos que pensaba ir a ver los he llamado por teléfono, sólo para decirles que estoy aquí y que ya iré a verlos mañana. He hablado también con un vecino que vende leña: si mañana escampa, me traerá una carga. De momento, me las apaño con un radiador de aceite y el aire acondicionado, que sólo crea la ilusión de templar un tanto el aire gélido que se ha reconcentrado en la casa cerrada desde hace dos semanas. Como no puedo salir a la calle y tampoco la luz artificial me permite dibujar o pintar, que es a lo que suelo dedicar los fines de semana en esta casa, he abierto este cuaderno... Leo lo que antecede, la escueta transcripción de los datos esenciales concernientes a mi estado presente, y me digo que esto debe de ser lo que llaman "escritura automática": no, como creían los vanguardistas, la toma al dictado de las ocurrencias del subconsciente, al que casi nunca se le ocurre nada digno de anotarse, sino esta especie de trasvase directo, como entre vasos comunicantes, entre los datos inmediatos de mi estado presente y la escritura. Podría continuar así indefinidamente: me basta aguzar el oído, por ejemplo, para percibir como arrecia la lluvia, y el dato se impone como una frase más de este registro. No he mencionado todavía, sin embargo, el único dato verdaderamente importante: he venido solo y la escritura es, en este momento, mi única compañía.

*

Me reprochan mis compañeros de trabajo que me haya borrado de la cena de navidad porque el menú contiene nada menos que tres platos con queso, ya que padezco una declarada fobia a ese alimento. Intento explicarlo, en vano. Esas cosas, me dicen, se superan, siempre que uno se esfuerce por intentarlo. Y la verdad es que debiera, ante la evidencia de que un simple capricho del gusto se ha convertido, debido a la creciente popularidad del uso del queso como ingrediente en toda clase de platos, en un obstáculo para mi vida social, ya de por sí bastan tocada por otros factores que ahora no hacen al caso... Pero cómo renuncia uno a esas manías indelebles. No dudo de que, proponiéndomelo, acaso lograría atenuar la mía lo necesario. Aunque también me pregunto si acaso esos menús cerrados no podrían acogerse al principio de tolerancia por el que ya se rigen tantos otros ritos sociales; y, por lo mismo que se les reconoce a los celíacos o a los vegetarianos su derecho a que se respete su peculiaridad, por qué no extender este resignado principio de transigencia a los turófobos, que también tenemos nuestro corazoncito...

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Algo debo de haber hecho para merecer este castigo: un fin de semana encerrado en una casa en medio de un diluvio; y la sospecha de que, si doy un paso hacia fuera en busca de compañía, mis eventuales anfitriones quizá querrían agasajarme... con un plato de queso.

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