Ansiedades


9/12/19

Hay una ansiedad del tiempo libre que, si no se la controla bien, termina pareciéndose mucho a la ansiedad por exceso de obligaciones. También terminan por parecerlo las cosas que uno se propone hacer para llenar, por ejemplo, un puente festivo como el que hoy termina. Lo empezó uno con  muchas pretensiones: lecturas, paseos, ratos con amigos, incluso propuestas concretas de escritura y pintura. No he hecho ni la mitad de esas cosas, no ha habido tiempo ni, en el fondo, ganas. Y ahora, en vísperas de la vuelta al trabajo, me pesa ese balance insuficiente. Debo cambiar esto: abordar el tiempo libre como lo que debe ser: tiempo para la inactividad caprichosa, para dejarse llevar, para hacer caso a la apetencia súbita o al capricho sin motivo. Ahora que lo pienso, las dos o tres cosas que he hecho sin que estuvieran previstas son las que realmente me han divertido. Pero mi duda es: en caso de que esas cosas no hubieran surgido casi a contrapelo de mis previsiones, y hubiera habido una predisposición por mi parte a que ocurrieran, ¿no se habrían convertido en otras tantas expectativas cuyo posible incumplimiento también hubiera sido motivo de insatisfacción? Etcétera.

*

En la calle, sorprendemos a unos chicos de unos quince años intentando trepar por la cancela de una finca colindante con nuestra casa. Sin pensarlo, M.A. saca su teléfono y finge tomar una foto, en la esperanza, me dice luego, de que ese simple gesto bastara para disuadirlos. Y lo consigue, desde luego, pero con consecuencias imprevistas: sorprendidos, los aprendices de allanadores efectivamente abandonan su propósito, pero, tras andar en conciliábulos, se acercan a nuestra casa, en la que ya hemos entrado, y se plantan amenazadoramente en la acera de enfrente. Optamos por no darnos por enterados, pero sí alcanzamos a oír algunas de las cosas que se dicen entre ellos: básicamente, que desean que se borren las fotos que ellos creen que hemos tomado. Se ve que no saben cómo hacerlo, o que no se atreven a intentar la vía más expeditiva, que sería dirigirse directamente a nosotros y hacernos saber sus pretensiones. Pero tampoco se deciden a irse. Y allí permanecen unos interminables minutos, hasta que otros vecinos, atraídos por el sol del mediodía, empiezan a salir a las puertas para tomar el aperitivo, como es costumbre aquí. Entonces se van, después de que uno de ellos hubiera mencionado que sus padres, que seguramente se cuentan entre la miríada de visitantes que han venido al pueblo en el puente festivo, los esperan para almorzar. 
  

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