Disidentes


15/12/2019

Estábamos muy cansados y al llegar el fin de semana hemos hecho lo propio: descansar. Hoy nos hemos levantado a las once, que no es mala hora. Pero a las cuatro de la tarde, después de la siesta, estoy ya sentado frente al ordenador, como suelo hacer todos los domingos por la tarde desde que llegué a la conclusión de que el trabajo era el único medio de conjurar los síntomas de angustia y depresión asociados a esta particular tarde de la semana. Nunca he sabido explicármelo: salvo en ocasiones muy concretas, nunca me ha pesado reanudar mis rutinas laborales, y por tanto no tendría que haber motivo para que la víspera resultara angustiosa. Más bien creo que se trata de una especie de resaca: después de dos días de desajustes horarios y de muy previsibles excesos -sin exagerar, claro-, el cuerpo y el ánimo se resienten y el reajuste no es fácil. He aquí una nueva utilidad de la escritura en estas tardes desabridas: facilitar ese trance.

*

Por alguna razón, esta oveja se había apartado del rebaño y se había metido en una parcela alambrada de la que ahora no sabía salir. Las otras se habían extendido ya por la llanura colindante; pero, aunque dispersas en aquel espacio amplio y abundante en hierba fresca, seguían obedeciendo al impulso general de seguir avanzando en la dirección que marcaba la cabecera del rebaño. Ésta otra no: perdida en su propio laberinto, ahora nos miraba desde el otro lado de la barrera de alambre y balaba lastimosamente, no tanto para pedir nuestra ayuda, que es lo que hubiera hecho un gato en apuros, como para dejar constancia de su arrepentimiento por el mal paso: estábamos asistiendo, en fin, a la forzada palinodia de un disidente. Para colmo, en aquella parcela alambrada ni siquiera había pasto apetecible: sólo espinos.

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