Epifanías


1/12/2019

Me había pasado de la acera en sombra a la soleada, y entonces la sensación de reajuste brusco de las pupilas, como si el ojo un tanto desenfocado por una cierta involuntaria desidia de mirar de pronto se hubiera apercibido de esa dejadez y se hubiera esforzado por compensarla, coincidió con un arrebatado toque de campanas en una iglesia cercana, lo que redundó, no tanto en mero estruendo, como en la evidencia de que el aire terso de la media mañana -acababan de dar las doce- se había estremecido también al transmitir el sonido y eso había contribuido a que la luz se polarizara aún más, como sometida a un poderoso filtro que la librara de cualquier clase de impureza. 

Todo esto ocurrió en una fracción de segundo: lo necesario para que también otros sentidos se pusieran en situación: ahora las mejillas, tersas de frío, percibían la caricia del sol, que se extendía por los brazos y la espalda, traspasando el cuero de la cazadora que los cubría. También, por efecto de que el punto de fuga visual se hubiera trasladado por unos instantes a las alturas, experimenté, al bajar la mirada, una sensación de descenso, unida a la correspondiente reminiscencia de que, justo antes de bajar, había contemplado cuanto me rodeaba -la gente que pasaba a mi lado, los árboles y farolas y semáforos, los escaparates, los rótulos- desde una altura más elevada de la que correspondía a mi posición real, de la que en ningún momento me había apartado. Y todos esos efectos en principio desparejos -el reajuste visual, el sonido de las campanas, la luz polarizada, la sensación de tomar tierra después de un vuelo- se juntaron en una especie de acorde, ahora percibido como intensa vivencia de un instante de realidad realzada, trascendida, especial... 

Y el caso es que, minutos después, me siento enormemente cansado. Llego a casa sin apetito apenas, sólo con ganas de echarme a dormir. Duermo una siesta agitada. Cuando despierto, me noto destemplado: tengo unas décimas de fiebre, que no puedo asociar con ningún mal concreto -no me duele nada, no tengo síntomas de nada, más allá de la fiebre y el cansancio- y que me dura toda la noche e incluso, ya en retroceso, todo el día siguiente. No quiero pensar que todo este malestar sea el precio físico que el sufrido organismo, acostumbrado a convivir con una realidad convenientemente atenuada, ha de pagar por apenas un instante de percepción de las cosas en toda su intensidad... ¿Una epifanía? Quién sabe. No he querido ir al médico, para qué: me dirá que ha sido un virus y se quedará tan ancho.

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