La ciénaga


17/12/2019

Hoy, haciendo cola ante un semáforo en rojo, el conductor de una furgoneta de reparto hace sonar el claxon para que yo mueva el coche lo suficiente para que él pueda tomar una bifurcación momentáneamente bloqueada por los coches parados. Para ello, tendría yo que apurar la mínima distancia prudencial que me separa del que tengo delante, y aun así es dudoso que el impaciente pudiera pasar. Pero insiste, toca el claxon una y otra vez y hace aspavientos desde la ventanilla, así que me decido a apurar esa distancia mínima, con tal de que se calle. Pasa casi rozándome, y al poner su vehículo a la altura del mío se detiene para añadir algunos exabruptos más a los ya pronunciados. Hasta que se va, echando chispas. Casi no hay mañana en la que no me encuentre con alguien así,  lo que me lleva a preguntarme cuántas personas se lanzan diariamente a la calle con el ánimo dispuesto a la trifulca, o de qué insatisfacciones, de qué terribles carencias nace este malhumor generalizado, adobado de mala educación, que se manifiesta a la más mínima. Yo también incurro en él a veces, lo que me sume luego en hondas melancolías, fruto de mi descontento con una faceta de mí en la que apenas me reconozco, o en la que entreveo a un extraño con el que no quiero tratos. En fin.

*

Me enseña M.A. una vieja foto en la que aparece K., nuestra gata, confundida entre los peluches que todavía cubren la cama de C. Ni que decir tiene que parece un peluche más, aunque resulta bastante improbable que ella hubiera advertido esa semejanza y elegido ese descansadero para sentirse acompañada de esos semejantes inanimados, parecidos a ella en la forma, tamaño y pelaje, sí, pero carentes de olor y calor y de esa palpitación de vida que K. sí reconocía en un perro, por ejemplo, o en otros gatos, o incluso en criaturas tan extrañas para ella como un conejo que una vecina trajo a casa una vez para que lo viésemos, y ante el que la gata arqueó el lomo, erizó el pelaje y emitió el más temible de sus bufidos. 

Cuánto la echamos de menos.

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La ciénaga política. Si no fuera porque está uno convencido de la irrelevancia de los gobernantes, sus actuaciones resultarían terroríficas. Pero se limitan a gesticular, a decir memeces, a avivar el ruido del que viven. Mientras, el mero paso del tiempo va sumiendo en el olvido a todas estas molestas nulidades a las que los telediarios dedican tanta atención. Y la vida sigue.     

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