Mansfield

29/12/2019

También en los cuentos de Mansfield resuenan músicas distintas y tradiciones literarias de muy diversa tonalidad, e incluso contradictorias entre sí: al “modernismo” impresionista de “En la bahía”, por ejemplo, hay que contraponer la influencia de Chejov en relatos como el titulado “Vida de Ma Parker”, del que cabe decir que parece casi una traslación a otro ambiente y circunstancias de “El cochero", un conocido cuento del maestro ruso: en ambos, un personaje de clase trabajadora monologa sobre las duras circunstancias que concurren en su vida, en presencia de un interlocutor burgués de quien no solamente cabe decir que se muestra absolutamente indiferente a las circunstancias de las que le están haciendo partícipe, sino que resulta irónicamente empequeñecido por esa incapacidad para la empatía. No es éste el único cuento en el que Mansfield se acerca al humor sardónico de su maestro: en “La lección de canto”, por ejemplo, aborda con exquisita ironía los cambios en el estado de ánimo de una profesora solterona que primero recibe una carta en la que su prometido le anuncia la ruptura de su compromiso y después un telegrama... cuyo contenido no podemos desvelar sin estropear el factor de sorpresa que aporta a la narración. Chejov parece aportar a Mansfield un repertorio de procedimientos para que la voz en la que se expresa quien cuenta la historia aporte movimiento narrativo a situaciones en las que un simple observador a lo sumo detectaría una mera situación estática, una estampa. Hay que recordar que los primeros relatos de Mansfielf fueron precisamente eso: sketches, bosquejos descriptivos. Pero Chejov significó algo más para la escritora neozelandesa: la sutileza aprendida del maestro ruso bien podía conducir a un tratamiento narrativo que fuese más allá de la mera exposición de premisas y conclusiones, al modo de las narraciones “realistas” convencionales del siglo XIX. Mansfield, recuérdese, era una modernista convencida, es decir, una partidaria decidida de la innovación, lo que es tanto como decir que participaba de la devoción de los escritores coetáneos por las posibilidades de la "imagen", el gran fetiche estilístico del momento. 

Mansfield era una “imagista” (o “imaginista”) radical, en la misma medida en que lo fueron sus coetáneos Ezra Pound o la poeta H. D. (Hilda Doolittle); y lo era en un terreno, el de la narrativa, donde el despliegue de imágenes planteaba problemas muy distintos a los que concurrían en la poesía: si un poema, según el credo imaginista, debía renunciar a su desarrollo discursivo para apoyarse exclusivamente en las sensaciones que aportaban las sucesivas imágenes que en él comparecían, lo mismo cabía esperar de una narración. Pero, ¿cómo prescindir en una narración de todas las enojosas conexiones lógicas y temporales que permiten secuenciar una serie de acciones? Mansfield pareció encontrar la respuesta en el estudio de su maestro Chejov: la objetividad lacónica bien podía derivar a que una sucesión de apuntes descriptivos bastara para sugerir todo un argumento. El ya mencionado relato “En la bahía” podría ser un buen ejemplo de lo dicho: la simple consignación de las situaciones en las que se encuentran ocupados una serie de personajes a lo largo de una jornada vacacional basta a la narradora para insinuar los lazos que hay entre ellos e incluso las posibles ocasiones de conflicto. Pero Mansfield resulta incluso más original cuando mezcla el modelo chejoviano tradicional con el procedimiento imaginista: cuando, como hace por ejemplo en “La adolescente”, la observación detallada de un comportamiento desemboca en una imagen final que cierra, a modo de broche, la narración.

Merece la pena leerla, a sabiendas incluso de que mucho de lo que en su tiempo podía entenderse como innovación es hoy práctica común incluso en los escritores más convencionales. Un optimista podría pensar que los cuentos de Mansfield son un claro eslabón en la sucesión de aportaciones que desemboca en lo que hoy entendemos como nuestro presente. Con más cautela, quienes pensamos que hay presentes enormemente regresivos nos conformamos con sugerir que  quizá esos cuentos apuntaban en una dirección en la que todavía hay mucho terreno por el que avanzar.

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