Renuncia


22/12/2019

...Y es que a veces un poco de ruido viene bien para subrayar con trazo grueso una porción destacada de silencio absoluto. Sucedió esta mañana en el paseo marítimo. Venía un niño haciendo sonar la alarma de la motocicleta policial de juguete en la que iba montado. Era un ruido molesto, pero no lo bastante intenso como para anular el imponente rumor asordinado del mar en calma, apenas rizado por una brisa tenue. Es más: la irrupción de ese ruido hizo que se destacara, por contraste, esa particular modulación del silencio. Conforme se alejaban, el niño y su molesto estruendo iban quedando literalmente al margen, como un copo de hojarasca que el viento ha empujado contra las paredes de un patio, dejando en medio una superficie insólitamente limpia, libre de polvo y paja, como suele decirse... Y sí, se seguía oyendo el tronar de esa falsa sirena policial, pero lo que dominaba la atención era el latir de las aguas pulsadas por el viento, el golpeteo del agua al topar con la escollera, el fragor lejano, asordinado, de las poblaciones colindantes. Me detuve a escuchar todo eso, a deslindar los distintos sonidos, a ponderar la posibilidad de que las nubes bajas, densas, inmóviles, contribuyeran a crear ese efecto de caja de resonancia. Como un trazo que se desdibuja, la ruidosa motocicleta del niño se iba alejando.

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El diario de Katherine Mansfield me lleva a releer The Garden Party y otros cuentos, del que poseo una traducción española a cargo de Francesc Parcerisas publicada también, como el diario, por Ediciones del Cotal. Era una deuda largamente aplazada: la primera vez que leí esos cuentos en este mismo ejemplar, hace más de treinta años, no me produjeron ni frío ni calor, pero me dejaron la sospecha de que había algo en ellos que seguramente sabría apreciar mejor si los leía en el momento adecuado. Ese momento parece haber llegado ahora. Por recelo, no obstante, hacia la traducción, busco primero en internet el texto en inglés del cuento que da título a la colección y del que apenas recordaba el argumento, que ahora vuelve a desplegarse ante mí con ese paso seguro que sólo los buenos escritores saben infundir a una historia en la que, en realidad, pasan pocas cosas, pero éstas resultan ser muy reveladoras si se las capta con perspicacia y, sobre todo, si se sabe hacer partícipe de ella al lector, sin abrumarlo con la sospecha de que su función es asentir sin más al despliegue de inteligencia del que hace gala la narradora. Y sí, resulta grato acompañar de nuevo a los protagonistas del relato, una familia de clase acomodada, en los sutiles cambios de ánimo y de percepción de la realidad que resultan de su persistencia en el empeño de celebrar una fiesta al aire libre a pesar de que acaban de enterarse de la muerte en accidente de trabajo de un obrero que vive en la misma calle. Mansfield consigue una magnífica exposición de los egoísmos de clase sometidos a tensiones que obligan a los circunstantes a forjar atenuantes de la mala conciencia sobrevenida. Y lo hace sin discursos impostados, sólo mediante la minuciosa observación del comportamiento de los personajes, en un lenguaje a la vez conciso y levemente virado hacia una ironía que no deja de contener una nota de nostalgia por el calor y la seguridad de ese mismo entorno familiar ahora sometido a fría disección. 

No ha sido un mal reencuentro. Y, sin más trámite, me entrego a la lectura de la traducción de Parcerisas. Que resulta, en fin, bastante mejor que la que Ester de Andreis hizo del Diario. La introducción del primer cuento, “En la bahía”, es sencillamente prodigiosa, no sólo por la gama de sensaciones que la autora cree necesario convocar para describir el entorno físico en el que ha de transcurrir la jornada de unos veraneantes, sino también por ser, en la traducción de Parcerisas, una magnífica muestra de prosa poética.

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Tiendas poco concurridas, a pesar de las fechas. Lo que me lleva a pensar que la crisis económica, que muchos ya dan por superada, ha sido más bien interiorizada, y de ahí la relativa sensación de alivio, que no es sino el fruto más granado de la renuncia a tanto que antes necesitábamos y ahora casi no echamos en falta. 

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