Sol de lunes

30/12/2019

Historias de suicidas, que suenan un tanto extrañas en la terraza donde compartimos unas cervezas bajo un más que reconfortante sol de invierno. Ayer, oímos, enterraron a uno. Era un hombre mayor y acababa de sufrir recientemente la pérdida de una persona querida, lo que seguramente añadió un argumento irrefutable a la sospecha de sinsentido que suele rondar los últimos años de la existencia, abocados de cualquier forma al inevitable final... Nos quedamos pensativos. Y, quizá para romper el silencio sobrevenido, otro de los circunstantes cuenta el caso, ya lejano, de cierto hacendado local que, como el don Guido del poema de Machado, repintó sus blasones gracias a la fortuna de su mujer, que dilapidó del peor modo posible en mujeres y juego, hasta el extremo -nos cuenta este amigo- que, cuando ya no tuvo nada que jugarse, se jugó a su propia esposa... y la perdió. El ganador, por supuesto, no quiso cobrarse la deuda, pero sí hizo saber a la afectada la extraña ganancia que acababa de obtener en una partida de cartas. No hubo ocasión de reproches: terminada la partida, el jugador afirmó que, antes de dejar de ser quien era en virtud de la extinción de su fortuna, prefería matarse. Y eso hizo.

*

El sol de los lunes no es el mismo que el de los domingos: si acaso, se beneficia de una nota añadida de extemporaneidad, que convierte sus dones en otras tantas encomiendas de gratificaciones aplazadas a fondo perdido. El de los domingos, en cambio, es como un tesoro expuesto a una rebatiña en la que mejor no participar.

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