A la defensiva

8/1/2020

El rito de paso queda completo con la vuelta al trabajo después de las vacaciones. Besos y apretones de manos a compañeras y compañeros respectivamente, y expresión de buenos deseos que no resulta del todo impostada, porque uno adivina que ciertos exorcismos y encantamientos han de ser pronunciados para que la ficción del tiempo circular -que no lo es, puesto que se corresponde con innegables realidades astronómicas- adquiera como significado añadido el de ocasión para un nuevo renacer, en el que sería deseable que nos fuera mejor que en el ciclo que se da por terminado.


Y lo curioso es que este arranque convencional del nuevo ciclo, ancestralmente fijado en torno al solsticio de invierno, sólo valga a algunos efectos -legales, por ejemplo-, mientras que, para otros, se prefiere el ciclo de las estaciones y cosechas -es decir, el que fija el comienzo del nuevo ciclo después de la siega de finales de verano- o la cuenta estrictamente personal, la que marcan los cumpleaños de cada cual. Y así, vive uno en tres ciclos superpuestos: en el año cincuenta y seis de su existencia, en el 2020 de la era cristiana, en el quinto mes de un nuevo curso escolar. Y, aún así, sospecho que todas y cada una de estas tres maneras de vivir en el tiempo obvian o disimulan la verdad principal, la que escapa a toda ficción de ciclos que se renuevan: el hecho de vivir, no tanto en un carrusel que gira, como en una flecha disparada que avanza en línea recta y que más tarde o más temprano perderá el impulso que la mantiene en marcha y caerá la suelo, inane y sin fuerzas.

*

El problema del dolor de C. S. Lewis. Lo leo sin explicarme del todo qué es lo que me atrapa de ensayo escrito por un estricto creyente y sólo aceptable, en lo concerniente a la crudeza de sus formulaciones y conclusiones, por otros creyentes igualmente estrictos. Cuesta digerir la idea de que el dolor sea el precio que la naturaleza humana desviada ha de pagar para restituirse espiritualmente a un estado mejor en que la voluntad de cada cual era absolutamente acorde con la voluntad divina; y más difícil resulta aceptar que ese precio extremo, que ya sabemos que a veces se manifiesta en forma de terribles desgracias y enormes sufrimientos, haya de ser pagado también por los que Lewis denomina "complacientes", es decir, quienes viven rectamente sus modestas vidas y tienen una cierta conciencia de no ser acreedores de ninguna clase de castigo divino. Lee uno toda la casuística que allega el escritor, al que uno admira por muchas otras razones, y piensa que quizá, como ocurre con otros muchos autores, a éste también solamente se le puede seguir hasta cierto punto, y más allá entra uno en honduras del pensamiento individual que quedan fuera de la amplia y luminosa zona de ese pensamiento por la que hasta entonces hemos transitado con comodidad. Pero, de nuevo, ante esta evidencia -que lo sitúa a uno, por cierto, respecto al pensamiento del autor leído, en la condición de "complaciente" que lewis atribuye a los biempensantes en general-, se pregunta uno si acaso es legítimo ponerse a la defensiva respecto a un autor justo cuando empieza a incomodarnos, y si no es entonces cuando empieza de verdad a aportarnos algún beneficio.

En cualquier caso, lo que verdaderamente me ha atrapado de este ensayo de Lewis, que no es tan mundanamente brillante como Cartas del diablo a su sobrino ni tan conmovedor como Una pena en observación, es la formulación que contiene de un mito en el que sí intuyo verdades que van más allá del dogma: me refiero a la exposición que hace, en el capítulo dedicado a "La caída del hombre", de la idea de un estado ideal del ser humano del que tenemos atisbos gracias sólo a ciertas vivencias infantiles o a intuiciones de naturaleza poética y al que de algún modo añoramos restituirnos... Encuentro afinidades entre ese modo de considerar la condición del hombre edénico y la formulación que los románticos hacían del mito de la Imaginación, ese modo pleno de comunión del hombre con una realidad percibida en toda su intensidad y no limitada a las estrechas franjas determinadas por el alcance de los sentidos y otras limitaciones. Wordsworth, Keats y muchos otros dedicaron sus mejores esfuerzos y alcanzaron sus mejores logros en el intento de expresar poéticamente su fe en ese mito fundacional. Y Lewis acierta, tal vez, en su intento de asociarlo al corpus central de creencias en la que se sustenta su fe. Acertó también a plasmarlo poéticamente en Perelandra, la segunda entrega de su Trilogía de Ransom o Trilogía del espacio, en la que el protagonista llega a Venus -que para los venusinos se llama Perelandra- y alcanza a comunicarse sin palabras con una especie de Eva espacial que resulta ser una mujer bellísima -aunque de color verde- cuya palpable desnudez, como la de Eva para Adán antes de que ambos comieran del Árbol del Conocimiento, no suscita ninguna clase de ansiedad concupiscente en su interlocutor, sino más bien una especie de sentimiento de sublimación de esos mismos deseos... 

Puede llegarse muy lejos, o quizá a ninguna parte, glosando estas fantasías del magnífico narrador que fue Lewis. En algún momento de El problema del dolor se pregunta si, al escribir ese libro, está siguiendo un designio divino o dejándose llevar por la complacencia de creer que sigue ese designio, que tan placentero le resulta, por otra parte... El dilema es muy típico de él; pero cabe remitirlo a una cuestión de alcance más general: si los escritores y otros artistas, en general, obedecen a un empeño superior o simplemente complacen una placentera pulsión a expresarse haciendo uso de determinados dones naturales o adquiridos; o, dicho de otro modo: la cuestión de la pertinencia y necesidad de la obra de arte en general. Uno puede sonreír ante la ingenuidad de los planteamientos de Lewis; pero lo cierto es que, al lado de otras respuestas que se han dado a la misma cuestión a lo largo de toda la historia de la literatura, y muy especialmente, en los últimos ciento cincuenta años -pongamos, desde la publicación del Manifiesto comunista hasta hoy-, la suya parece al menos conmovedoramente directa, a la vez que muy sincera en su absoluta falta de pretensiones. Y con eso nos quedamos.          

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