Devaluar


29/1/2020

Finalmente, lo que más criticaron los participantes en el club de lectura fue la morosidad del preámbulo. En eso les sucedía lo que a mí con las películas de aventuras que solía ver cuando tenía su edad. Recuerdo, por ejemplo, cuando vi Tambores lejanos de Gary Cooper -entonces las películas eran "de" los actores protagonistas, y no de tal o cual director: todavía no nos habíamos abonado a las teorías sobre la autoría que puso en boga la nouvelle vague-, la casi angustiosa espera con la que asistí a los interminables minutos durante los que los protagonistas se presentaban, se planteaba el elemento amoroso, se asignaban las misiones que cumplir, etcétera. Más allá de esos preámbulos -lo sabía por los avances- se extendía una película plena de acción, pero cuánto tardaba en empezar lo bueno... Algo así me decían estos jóvenes lectores: es a partir del segundo capítulo, cuando empiezan "a pasar cosas", cuando la novela llega a engancharles. Bueno. Para muchos, era la primera novela de planteamiento adulto que leían, sin las concesiones a un público inmaduro que suele hacer la llamada "literatura juvenil". También yo -otro recuerdo- acusé en su día, cuando tenía la edad de ellos, la diferencia entre una novela de Enid Blyton o un "clásico adaptado" de Bruguera y una novela como Bizancio de Ramón J. Sender, que fue quizá mi primera lectura adulta. ¿Se acordarán estos chicos de que la suya fue mi Vida nueva? Quién sabe. O quizá se refieran a ella alguna vez cínicamente para decir que eso de la literatura no es para tanto, y que quizá hicieron bien -como es seguro que harán algunos de ellos- en prescindir del esfuerzo que supone leer un libro en cuanto dejaron de exigírselo en el colegio...

*

A primera hora de la mañana la bahía es fosforescente: quiero decir que todavía no se ha integrado en la gama de colores más o menos mates y planos en la que se desenvuelve el día, y conserva su condición prístina, que es la de un arquetipo soñado por un sumo hacedor que ni siquiera se aviene a presentarse a sí mismo como un Dios para no devaluar la categoría de su obra.

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