Días hábiles



6/1/2020

Se me ocurre que a un buen número de escritores que conozco, y a quienes incluso admiro, les saldrían libros mejores y más pulcramente acabados si contaran con editores al estilo anglosajón, es decir, personas que la editorial asigna para velar por un proyecto y trabajar codo con codo con el autor para llegar al mejor resultado posible, sin excluir alguna que otra exhortación a reescribir una parte, revisar detalles, ampliar o cortar, etcétera. Todo ello, entiéndase, sólo puede llevarse a cabo si el editor en cuestión es alguien casi tan avezado en el asunto en cuestión como el propio autor, y si entre ambos hay predisposición a una colaboración leal, y no a imponer a toda costa el propio criterio sobre el del otro. Cuántos libros nos ahorrarían así la penosa impresión de "Sí, pero..." que nos produce su lectura, y que con frecuencia se debe a descuidos o carencias perfectamente subsanables. Peor mucho me temo que esta sana y fructífera colaboración entre personas firmemente involucradas en el buen resultado de un proyecto es incompatible con el carácter nacional, con nuestra aversión innata al trabajo en equipo, con nuestra incapacidad para asimilar críticas de otros. Consecuencia: no hay libro que caiga en nuestras manos del que no pensemos que es sólo un borrador de una posible segunda edición mejorada que lo más seguro es que no llegue nunca.

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No, nunca me ha gustado demasiado el día de Reyes. Por supuesto, detesto la histeria consumista de los días previos; pero lo que más desazón me causa es el efecto que tiene en sus destinatarios por antonomasia, los niños. Su presunta ilusión no es otra cosa que avidez inducida; su grado de complicidad con la ficción que envuelve el ritual de recibir regalos a fecha fija se parece mucho al cinismo prematuro. Me gusta regalar y recibir regalos, pero quizá me gustaría más que la ocasión no fuera multitudinaria y obedeciera a razones de estricta intimidad entre personas que se conocen bien y quieren mutuamente agradarse. Lo otro es... esto de hoy, este trasiego de gente insatisfecha que llevan paquetes de acá para allá, esta idea de que quizá a la postre todos salimos perdiendo.

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Quién iba a decirlo: después de estas dos semanas y media de vacaciones, siento añoranza de los días laborables. Quizá porque todo requiere proporción, y el hecho de que las fiestas mayores, Navidad y Año Nuevo, hayan caído a mitad de la semana, ha supuesto que, entre vísperas y feriados, en el último medio mes casi haya habido más días festivos, con todo lo que ello supone de interrupción de las rutinas de cada cual, incluidas las gratas, que días hábiles de los que realmente merezca la pena disponer para todo aquello que uno aplaza a las vacaciones. Y vaya si cansa.


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