Mi agenda


21/1/2020

En la agenda de este personaje de Los Simpsons no consta nunca un solo compromiso, a pesar de lo cual la saca ostentosamente cada vez que se presenta la ocasión, y el espectador puede ver entonces que lo que hay anotado en cada una de sus páginas es: "Nada", "Nadie", etcétera. Anoto ahora en la mía algunos compromisos de M.A. con los que no quiero interferir; pero el caso es que, de momento, por mi parte no tengo compromiso alguno, y por lo tanto lo mismo podría haber escrito en cada una de las páginas de esta desmedrada agenda mía lo mismo que ese personaje televisivo: "Nada", "Nadie". Sólo arduo trabajo solitario para nada, para nadie.

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Ya se sabe lo que le ocurre a una embarcación pequeña cuando se acerca demasiado al naufragio de una más grande, e incluso a veces al de una de igual tamaño: corre peligro de verse arrastrada por el remolino resultante y naufragar también. Lo pienso cada vez que me cuentan alguna de esas catástrofes ajenas tejidas con los mismos mimbres de la vida cotidiana de uno: ves destrenzarse ese tejido tan trabajosamente urdido y temes que el que a ti te concierne pueda estar también ya deshaciéndose, por puro reflejo.

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Más allá de la esfera íntima, tengo otras preocupaciones catastrofistas. Leo que un un catedrático de Física afirma que las preocupaciones medioambientales que ahora dicen tener todos los gobiernos en realidad enmascaran otra realidad mucho más grave, por inminente: el agotamiento de los combustibles fósiles en cuestión de pocos años, sin que haya ninguna alternativa viable para reemplazarlos. Según este hombre, que parece una autoridad en lo suyo, en apenas unos lustros estaremos viviendo en el mundo que describen las películas de Mad Max. Y no sé por qué esta predicción, que no difiere esencialmente de otras del mismo estilo que se formulan a cada momento y que no tienen en mí el menor efecto, parece haber arraigado con más fuerza y engendrado una preocupación sincera, cuya naturaleza no me animo a intentar explicar, pero que tiene que ver, lo sé, con el miedo al desvalimiento que de todos modos ha de llegar, si no de la mano de una catástrofe global, sí aparejada a cosas tan ineluctables como la propia decrepitud y sus efectos. 

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Cosas de la moda: he empezado a usar gorra porque me parecía que era cosa de jóvenes -efectivamente, se está poniendo de moda-; pero el resultado es que, cuando me veo, por ejemplo, reflejado en un escaparate, lo que veo es un hombre mayor empeñado en subrayar -barbas, gorra, etcétera- todo aquello que le hace parecer más viejo incluso. 

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