Se han ido



2/1/2020

Se han ido los invitados del almuerzo de año nuevo y toca ahora ordenar la casa, que es también un modo de restablecer el orden espiritual alterado por las circunstancias. A las voces de varios que conversan sigue un silencio pautado de pasos que van del salón a la cocina y viceversa. Para disponer la mesa del almuerzo hubo que desplazar muebles, que ahora volvemos a empujar a su sitio. Me he propuesto, como excepción a la norma, no romper este año ninguna copa, por lo que alineo cuidadosamente las sucias al filo del fregadero y tengo mucho cuidado de no golpear ninguna al moverlas bajo el chorro del grifo, mientras las froto con una esponja espumosa. Previamente he cargado los platos en el lavavajillas, que ronronea abajo a mi izquierda, como un gato que esperase su parte del hipotético guiso que preparo bajo el chorro, como cuando M.A. enjuagaba el pescado y K., nuestra añorada gata, frotaba ansiosa el lomo contra las piernas de su dueña. esperando un bocado. Poco a poco todo vuelve a su sitio e incluso parece ligeramente mejorado, porque el orden restablecido siempre va un poco más allá de lo que solía ser el orden cotidiano al que pretendía volver: la reacción, ay, es siempre excesiva. Hemos abierto también las ventanas, para que se disipen los olores a comida, y M.A. ha prendido una varita de incienso en un rincón, para purificar el aire. Por fin podemos sentarnos. Miramos a nuestro alrededor: no, nada ha cambiado con el cambio de año. Sin embargo, como animales cíclicos que somos -quiero decir, inevitablemente sometidos a los giros de los astros y a la sucesión de las estaciones-, nos sabemos al comienzo de una nueva ronda. Un año más; que equivale, como todos fatalmente sabemos, a un año menos.

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En uno de los almibarados telediarios con los que nos obsequian las cadenas de televisión en el periodo navideño, hablan de la aparición de un nuevo libro de este poeta amigo, al que sacan leyendo un poema y haciendo esa clase de declaraciones sobre la poesía propia y lo poético en general que sólo atañen a quien las dice y que el resto de los oyentes percibe como lo que son: música que suena bien, pero de cuya letra es imposible sacar en claro nada, como la de esos coros angélicos que suenan de fondo en ciertas escenas de película. También el atuendo del poeta llama la atención: un chaleco de fantasía, un largo y vaporoso foulard, e incluso el pelo arreglado como de peluquería y expresamente para la ocasión. "¿De qué va?", dice M.A. en un tono que disuena un tanto de su habitual dulzura. "¿Por qué se ha disfrazado así?" Yo me muestro más condescendiente. "Es un buen poeta", digo. "Y sale disfrazado de poeta porque sabe que eso es lo que los de la tele esperan de él. A lo mejor, si da bien el tipo, lo llaman más veces. No hay que reprochárselo". Pero miro a M.A. y me da la impresión de que mis palabras no la han convencido.

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En estos días de vacaciones hemos hecho reparar la antena de la casa de la sierra, que no funcionaba desde hacía semanas, hemos pintado el techo del cuarto de baño, que tenía manchas de humedad, y cambiado la alcachofa de la ducha, después de las amables explicaciones del empleado de la ferretería sobre por qué no conseguíamos regular a nuestra satisfacción la mezcla de agua fría y caliente. También he llamado a un fontanero para que arregle la pérdida de agua de la cisterna, que produce un molesto ruido que nos impide dormir. La víspera de nochevieja me la pasé haciendo hueco en las ya atestadas estanterías a los libros que han ido llegando a lo largo del año, y que estaban apilados aquí y allá. Mientras, he ido sacando copias de seguridad de los documentos guardados en los distintos ordenadores... Me dice M.A. que he acabado el año y recibido el siguiente a la manera japonesa, es decir, haciendo limpieza, concluyendo tareas pendientes y haciendo espacio para las cosas nuevas que vendrán durante el nuevo año. Y todo ello ha resultado, por qué no decirlo, agotador.

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Después de las campanadas, bajamos al pub del barrio, donde anuncian jam session de músicos locales. Mi cuñado P. ha salido a cantar "Maneras de vivir" y "Mi agüita amarilla". No lo ha hecho mal. Su invitado X., que es gallego, se ha marcado un solo... de gaita, acompañado de un guitarrista que le daba la réplica. Al mismo tiempo, una mujer borracha ha salido a marcarse un baile un tanto patoso sobre el escenario... Yo dibujaba compulsivamente, sentado en una banqueta. De alguna manera un tanto solipsista, me lo estaba pasando muy bien. Quiero decir que he acabado el año tal como lo he sobrellevado: aislado en lo mío, pero atento al entorno, del que me llegaba el combustible de la llama de lo que no sé si resultará cursi llamar... mi imaginación. 

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