A FONDO PERDIDO


9/2/2020

No he sido nadie hasta después de la siesta, cuando por fin me siento más o menos recuperado de los excesos conviviales del día anterior. Y como la tarde está húmeda y desabrida, me embarco en un programa de actividades que me tendrán recluido en este salón hasta que me rinda el sueño, lo que seguramente esta noche de sábado tampoco ocurrirá antes de la una o las dos de la madrugada. Así que, como M.A. todavía duerme la siesta, aprovecho el rato de soledad para leer otro capítulo de Mamá grande y su tiempo, el tomito de memorias del hoy olvidado Manuel de la Escalera, en cuya literatura he recalado porque también tradujo, como Esther de Andréis, a Katherine Mansfield, y porque -estas cosas operan siempre mediante extrañas coincidencias- he leído una semblanza sobre su faceta cinéfila en la revista Materiales de derribo, en la que colaboro... Me dura la lectura lo que tarda M.A. en bajar y en aviar el té, que termina de despejarme. Acordamos entonces ver otra película de Ozu: ayer volvimos a ver la bellísima Primavera tardía y hoy nos apetece buscar Principios de verano, la segunda entrega de la llamada "trilogía de Noriko", por estar protagonizada, como la otra, por el personaje femenino de ese nombre, interpretado por Setsuko Hara, que encarna en las tres películas -la tercera es la archiconocida Cuentos de Tokio- a una mujer joven en diversos avatares de su evolución personal en un entorno social y familiar a través del cual Ozu muestra muy bien el estado moral y las crisis de valores del Japón de la inmediata posguerra. 

Hay que decir que vemos Principios de verano en una grabación bastante defectuosa que encontramos en YouTube y que cuenta con subtítulos... en portugués brasileño; pese a lo cual, en fin, la disfrutamos bastante, aun bajo la sospecha de que quizá nuestra manera un tanto azarosa y precaria de procurarnos ciertos placeres acaba redundando en comportamientos que un observador externo encontraría quizá un tanto extravagantes... 

Quizá por ello, y para compensar las tres horas de inacción física que se han sucedido desde la siesta, al acabar la película me impongo un rato de movimiento, consistente en acomodar en las estanterías de esta casa -estamos en la sierra- una veintena de libros para los que no tenía espacio en ninguna otra parte y que por eso he traído aquí. Suena de fondo, en la tablet conectada al equipo de sonido, el cantante de soul Al Green, a quien he llegado porque hace un par de días oí una versión suya de I want to hold your hand de los Beatles en un programa de radio. Y resulta tan grato el rato de audición musical que para la cena decidimos descorchar una botella de vino y abrir cualquier chuchería y disfrutar de alguno de los muchos conciertos que pueden encontrarse en internet: en concreto, de uno que dio Eric Clapton en Japón hace unos años, y que resulta ser espléndido...

Y así pasa la velada, con el remate de un documental que veo, ya solo -a M.A. la ha rendido el sueño-, sobre la hoy olvidada cineasta Alice Guy-Blaché, que, al parecer, fue la primera mujer que dirigió películas y puede considerarse una pionera del séptimo arte... Y me acuesto bajo una cierta impresión de culpabilidad por haberme sometido a una verdadera sobreexposición de distracciones no más o menos inocuas que cualesquiera otras, pero que parecen demandar que quien las disfruta las archive también en una especie de fondo de deudas hasta hoy pendientes y ya por fin satisfechas, aunque nadie lleve la cuenta de las mismas ni vaya a exigirte los comprobantes de rigor... Modos de pasar el rato, simplemente. A cuenta de no sé qué fondo perdido que guarda alguna relación con ciertas aspiraciones narcisistas que, quizá, no son otra cosa que modos de engañar -digámoslo ya- una sensación final de... futilidad.

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