Convaleciente


2/2/2020

Termina la semana de un modo anómalo. A mediados, tuve una mañana la sensación, al entrar en una cafetería, que, con el cambio de luz, se me oscurecía la vista en el ojo derecho y el campo visual se llenaba de corpúsculos flotantes. Pensé que podía tratarse de un efecto de la vista cansada, agravado por el hecho de que la noche anterior no había dormido bien. Pero como, dos días después, la molestia persistía, me acerqué a la óptica de la que soy cliente asiduo y les comenté la molestia, en la esperanza de que le quitarían importancia. Pero, para mi sorpresa, las dos empleadas del establecimiento se mostraron sumamente alarmadas y me instaron a que acudiera de inmediato a un hospital. Así lo hice, asustado, y el resultado ha sido que el oftalmólogo me ha detectado un pequeño desgarro intraocular, no muy importante, me dice, pero que requiere su cauterización inmediata para que no derive a un desprendimiento de retina. Dicho lo cual, me administra unos puntazos de láser en el fondo del ojo y me ordena guardar reposo todo el fin de semana. Y en ello estoy. Fastidiado, porque las manchas oculares no han remitido aún -quiero decir que no me he acostumbrado a ellas, porque me dicen que esta clase de trastornos degenerativos no tienen vuelta atrás-; y preguntándome, con muy mala conciencia, si todo esto no se deberá a mi empeño en pasar tantas horas ante el ordenador, quemándome literalmente los ojos en esfuerzos que, después de todo, quizá no merezcan tanto la pena. Lo tomaré como un aviso.


*

Como me han prohibido conducir durante unos días, empleo la mañana del domingo en pasear por el centro de la ciudad, que no frecuentaba en tal día como hoy desde hacía años. Lo encuentro un tanto cambiado: Los viejos bares populares del barrio en el que trabajé casi veinte años se han convertido en restaurantes turísticos y los camareros, apostados en las puertas de sus respectivos locales, acosan a los paseantes para que entren. Es muy desagradable, y es quizá esa actitud un tanto agresiva lo que explica que las terrazas estén casi vacías, y que muchos viandantes, incluidos los propios turistas a quienes parece destinado todo ese despliegue de reclamos, opten por comprar comida y bebida en establecimientos de comida para llevar y consumirla en las plazas o en la playa. La propia ciudad parece un tanto desrealizada, por así decirlo... Quiero decir, que hay calles enteras que no parecen sino decorados, bien porque la gente normal ya no vive en ellas, bien porque tras las fachadas pintorescas de los viejos edificios que no se alquilan por apartamentos a los turistas lo que se adivina es miseria y condiciones de vida muy precarias. En el propio mercadillo dominical, que he recorrido un poco antes, lo que llama la atención es que, entre la multitud de curiosos que ojean sin mucha esperanza los puestos -la mayoría de ellos, poco más de una manta extendida en el suelo, sobre la que se exhibe un puñado heteróclito de objetos encontrados en la basura-, hay quienes, en serio, regatean con los vendedores para llevarse, por ejemplo, unos pantalones viejos. No es, desde luego, el mercadillo donde yo compraba de niño mis tebeos seminuevos o, algo después, los preciados libros de la colección RTV, en la que leí algunos de mis primeros clásicos. Aun así, no puedo resistirme a rescatar de esos montones de basura una antología bilingüe de Joan Perucho, en la meritoria colección Selecciones de Poesía Española, de Plaza & Janés, y un tomito de memorias del hispanista Charles David Ley.

Con ese botín en el bolsillo me decido a sentarme a tomar una cerveza en una de las pocas terrazas en las que no parecen esperar que pida un besugo asado o un plato de gambas. A pesar de todo, me digo, la luz de primavera adelantada y la palpitación de la multitud festiva parecen invitar a impresiones más positivas. Sí, es una ciudad noble y hermosa, y es agradable pasear con ella, después de meses o incluso años sin hacerlo de este modo, para sentir que de alguna manera te es desconocida y te sientes en sus calles como un extraño. Así es como dice sentirse C., que viene de Barcelona: pero también yo, que vivo a unos minutos de aquí, me siento hoy de ese modo. Cosas, quizá, de tener hoy el estado de ánimo de un convaleciente, para el que el espectáculo del mundo es, primero, un recordatorio de sus padecimientos, y luego un despliegue de apetecibles dones por los que quizá merezca la pena seguir adelante.

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