MEMORIAS SELECTIVAS


18/2/2020

Buscando información sobre Manuel de la Escalera, llego a un artículo de Benito Madariaga de la Campa, "cronista oficial de Santander", en el que se menciona, entre otras cosas, la religiosidad del autor de Mamá grande y su tiempo, al que el articulista trató en vida, y a quien atribuye, además, un curioso "momento parasicológico" que, al parecer, éste le refirió por escrito alguna vez y que habría tenido lugar durante los años de prisión del autor: «En realidad -cita Madariaga- no era una sensación, sino una conciencia de un gozo infinito que trasmutaba todas las cosas y todos los seres.Una luz intelectual, alegría radiante de ser, de existir siempre. Una sensación... no, una certeza de inmortalidad.» Sorprende esta clase de vivencia en una persona a quien la lectura de Marx, Freud y Spengler, según se refiere en todos los escritos que se refieren a él, cambió literalmente la vida durante su estancia en París en los años 20; pero más curioso aún es poner esa declaración en relación con otra experiencia de ese tipo que se consigna en Mamá grande y su tiempo y que habría tenido lugar algo antes de la primera comunión del niño Ángel Escosura, trasunto del propio Escalera en esta autobiografía someramente disfrazada. Vivía entonces su familia en Valladolid, donde el padre del protagonisra regentaba una fábrica, y la mencionada experiencia tuvo lugar cuando el niño volvía de un paseo vespertino en coche de caballos. Y lo que se le reveló entonces, con intensidad visionaria, fue más bien lo contrario de lo que años después declararía haber sentido en prisión: "Tuve por primera vez conciencia de mi condición mortal". Unas páginas más adelante añadiría que, como consecuencia de esa experiencia, sintió "una necesidad creciente de algo infinito y duradero que compensara mis limitaciones", y que, de algún modo, vinculó ese afán con las enseñanzas religiosas que recibía en el colegio. 

Llamativamente, la primera comunión, que es el punto de la infancia en el que Escalera abandona la redacción de estas memorias, no vino a satisfacer o culminar esos afanes, sino más bien a desmentirlos, hasta el punto de que, ante la alegría que parecen mostrar sus compañeros, se pregunta: "¿Sería yo el único a quien la gracia divina había sido negada"; para concluir: "Me sentía como en un islote árido, inhóspito".

Muy curiosa, decíamos, son estas retrospecciones del memorialista selectivo que fue Escalera. Esa especie de crisis por afanes trascendentes  no satisfechos terminó en una crisis de llanto, idéntica a la que tiene lugar a comienzos del libro, cuando el adulto acosado por la policía franquista que inicia la redacción de estas memorias se deshace también en lágrimas al leer una escueta misiva que le habla de sus familiares, de los que ahora se encuentra distante. Diría uno, a la luz de estas recurrencias, que el conjunto de la obra dispersa e inconclusa de Escalera tiene su secreta armazón en ellas, en la exaltada sentimentalidad que revelan, en el extraño y casi incongruente afán de trascendencia de la que dan testimonio. Lo que no deja de ser llamativo en alguien cuya primera impresión de España fue la omnipresencia un tanto opresiva de las manifestaciones religiosas externas, que el niño recién llegado de México, donde estaban prohibidas, encuentra chocantes. Pero quizá lo que fascina de este escritor casi secreto sea eso: su modo de descuadrarse constantemente de aquello que se espera de él.   

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