Pesadillas

27/2/2020

De pronto, a los pies de la cama, la sensación inconfundible de que ha saltado un gato, como solía hacerlo K., y se ha hecho un ovillo junto a mis piernas. Pero K. ya no está y el animal que he sentido posarse a mis pies parece mucho más pesado y, a pesar de la oscuridad y de que mi posición hace imposible que haya podido siquiera vislumbrarlo, de color uniformemente oscuro, quizá gris intenso o negro. Reconozco su parecido con otro gato con el que estamos familiarizados y que a veces dejamos entrar en casa, el del vecino. Pero de alguna manera, y a pesar de que no me he movido de mi posición ni bajado el embozo que me cubre, tengo la absoluta certeza de que no es él. Me doy cuenta entonces de que he querido incorporarme y no puedo, y que por tanto me es imposible siquiera levantar la cabeza para mirar al animal o alargar un brazo para espantarlo. Tengo también las piernas paralizadas, como en ese cuento de Roald Dahl en que un durmiente despierta y comprueba que tiene una serpiente encima y no puede hacer nada para librarse de ella. Hago un esfuerzo casi más allá de mis fuerzas y lo único que consigo es que me salga de la garganta una especie de gemido inarticulado. Mi mujer, ajena a mis angustias, se sobresalta. "¿Qué te pasa?", me dice. Y es entonces cuando me doy cuenta de que estaba dormido y que todo ha sido una pesadilla. Así se lo digo, ya despierto y como exhausto por la impresión. "Anda, traquilízate y duérmete". Me acomodo de nuevo en la cama y, al tirar de la ropa que me cubre para reacomodármela sobre el cuerpo, noto que la bolsa de aire que se ha formado junto a mis pies amortigua la caída de las mantas y hace que éstas vuelvan a asentarse a mi alrededor como si un animal blando y silencioso hubiera vuelto a sentárseles encima.

*

Se han confirmado en España varios casos de personas infectadas por el virus que ya ha matado a varios centenares de personas en China, su presunto lugar de origen, y algunas más en otros países a los que se ha ido extendiendo: entre ellos, Italia, de donde es posible que haya "saltado" a España. Y se alternan episodios de histeria colectiva -en el trabajo, por ejemplo, tengo noticia de que ya hay gente que se está abasteciendo de mascarillas protectoras y anda acaparando alimentos, por si se da el caso de que los comercios queden desabastecidos o resulte peligroso salir de casa- con ejemplos claros de la típica despreocupación y dejadez locales: así, nos enteramos de que al menos veinte profesionales de la industria de la piel del pueblo aledaño acaban de volver de la Semana de la Moda de Milán, que ha sido uno de los lugares donde el dichoso virus ha incidido, y nadie se ha ocupado de que se les haga siquiera un análisis rutinario. Entiendo, desde luego, que no tienen por qué, como tampoco lo haría nadie por volver de un sitio en el que se hubiera declarado una epidemia de gripe común; pero ese bendito de ejercicio de indiferencia ante lo que parece un pánico inducido que está justificando en muchas partes del mundo toda clase de abusos de autoridad no estoy seguro de que sea del todo incompatible con el hecho de que esas mismas personas y quienes las rodean se  hayan contagiado de ese pánico y, contraproducentemente, estén contribuyendo a su difusión.

Unos amigos nuestros con los que estuvimos ayer habían coincidido el día antes en un funeral con varios de esos recién llegados de Italia; lo que nos sitúa, en el caso de que algunos de ellos finalmente desarrolle la enfermedad, en la cadena de transmisión que desesperadamente tratan de establecer las autoridades cada vez que se declara un caso. Ya me veo confinado en una jaula con paredes de cristal y observado por personal sanitario revestido de ropa inmune al contagio. Y he aquí materia para otra pesadilla.

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