UN RARO

16/02/2020

Me llena de melancolía la lectura de este libro de memorias infantiles de Manuel de la Escalera, que publicó en México bajo el seudónimo "Manuel Amblard" y de la que un amigo suyo santanderino hizo luego una "edición de bibliófilo" que hoy se puede comprar en las librerías de viejo de internet por menos de tres euros, y en la que saltan a la vista, sin llegar a desfigurar la primorosa prosa del autor, algunas clamorosas faltas de ortografía, que denotan más bien que todo lo suyo, incluyendo el modesto reconocimiento que debió de suponer, en su día, la reedición de este libro, no salió nunca de la esfera de las probaturas artesanales y los intercambios de material impreso entre aficionados. Sin embargo, hay que decir que Mamá grande y su tiempo es un libro hermosísimo, que merecería sin duda una mayor difusión y un reconocimiento efectivo, que apuntara por lo menos al hecho de que su autor, que podría haberlo escrito bajo los habituales condicionamientos que suelen afectar a la literatura de quien tiene algo urgente que decir -lo tenía: había padecido cárcel y exilio- parecía escrito en una coyuntura inusual para quienes están familiarizados con los avatares de la literatura española de posguerra; recuerda, en ese sentido, a novelas-isla como Helena o el mar del verano (1952) del raro Julián Ayesta, antes que a cualquier libro canónico de aquellos años.

Mamá grande y su tiempo, en efecto, es una obra en la que las urgencias del hombre acosado que fue Manuel de la Escalera quedan apenas esbozadas en la escena inicial, en la que el narrador se presenta a sí mismo como un indocumentado que se oculta de la policía franquista en el Madrid de mediados de los 50; pero pronto entendemos que lo que ese personaje quiere contarnos no son sus problemas de perseguido político, sino una infancia en la que, seguramente, cabe atisbar las razones por las que ese hombre ha terminado asumiendo el destino de un disconforme, pero de la que, sobre todo, quiere preservar el sabor de las primeras impresiones, la primera mirada sobre realidades diversas, la decantación de los afectos y la toma de medida que el niño efectúa del mundo de los mayores. No obvia Escalera algunos detalles que podrían haber contribuido a su posterior toma de partido. Escalera nació en México y la base de su relato, por tanto, es el cambio radical que en su vida supuso el que sus padres, inmigrantes españoles en ese país, en el que han prosperado, decidan volver a su país natal para vivir como rentistas, lo que no llegarán a conseguir, porque los avatares económicos de su tiempo harán que sus ahorros pierdan valor y los aspirantes a ociosos deban volver a ocuparse de los negocios familiares. Ese marco de fortunas inestables hará que el niño protagonista adquiera pronto una especial sensibilidad hacia las afectaciones y prejuicios de clase de sus familiares, a la vez que el cambio de entorno le hará sorprenderse de peculiaridades de la vida española tan chocantes para él como, por ejemplo, la presencia abrumadora de lo religioso en la vida diaria.

Pero, decíamos, Manuel de la Escalera no pretende tan sólo dilucidar los fundamentos de su conciencia militante, sino, sobre todo, recuperar el sabor y la luz de una infancia perdida; y a eso dedica las páginas más sustanciales de su libro; en el que, por ejemplo, hay lugar para consignar sus primeras impresiones del entonces novedoso cinematógrafo, que él conoció en su estadio inicial de mera atracción de feria -y al que dedicó un librito posterior, Cuando el cine rompió a hablar-. Por lo mismo, en sus recuerdos hay espacio para infinidad de detalles de la vida doméstica de entonces, de las condiciones en las que se viajaba, de cómo y qué se comía y con qué ceremonial, qué cosas ilusionaban a los niños, cómo era la educación que recibían, etcétera. Hay casi una delectación proustiana, podríamos decir, en el modo en el que Escalera se refiere a estas cosas, las corteja para que comparezcan en su memoria, las ilumina desde una prosa que tiene las dosis justas de precisión descriptiva y evocación poética. 

Llaman la atención estas cualidades en un escritor que se ganó la vida básicamente en los arrabales de la literatura, traduciendo a destajo y malviviendo de modestos encargos: el mencionado librito de cine fue uno de ellos, por ejemplo, como lo fueron sus traducciones, hoy clásicas, de los cuentos de Katherine Mansfield, que son mucho mejores que las de la otra traductora habitual de esta narradora, la hispano-italiana Esther de Andreis. Curiosamente, debo a esa estela el haberlo conocido: primero, porque alguien me lo mencionó tras leer una mención  mía a esa otra traductora de la narradora neocelandesa, y luego porque quiso el azar que, en un número de la revista de cine Materiales de derribo en el que yo colaboraba se incluyera también un ensayo sobre los recuerdos cinéfilos de este autor. Las sentinas de internet, donde todo naufragio acaba encontrando su asiento, han hecho el resto. Uno espera que en el futuro otros lectores den con él por caminos menos tortuosos.

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