A MODO DE CRÓNICA


22/3/20

Ni siquiera en estos días de reclusión forzosa encuentro tiempo para acudir a este cuaderno con mayor asiduidad. La textura de mi cotidianidad parece regirse por un principio de horror vacui: si hay huecos en mi tiempo, inmediatamente aparecerán obligaciones, ocurrencias o incitaciones que los llenen, como ocurre entre vasos comunicantes. Ahora mismo estoy redactando estas líneas y, al mismo tiempo, me siento un tanto impaciente e incluso culpable por no aplicarme a mis lecturas pendientes o no entregarme sin más – escribo esto en domingo– a la más placentera de mis aficiones, que es la pintura. Pero no: me divido, me compartimento, me disperso... Y así sigo: digamos que, más o menos, como siempre.

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Es significativa la deriva de los discursos oficiales: cuando no hay novedades que anunciar, ninguna medida que implementar, ningún dato que aporte esperanza, surge la retórica; quiero decir, la prédica, el comentario banal –aunque con tintes de solemnidad– a realidades que los destinatarios del discurso conocen bien, pero que de algún modo gusta oír en labios de quien teóricamente está por encima de nosotros y quizá maneja información que ignoramos y que ni siquiera sería deseable que compartiéramos. Está ocurriendo, por ejemplo, en las últimas comparecencias públicas del presidente del gobierno, en las que lo mismo se refiere a los grandes operativos logísticos y sanitarios que al parecer se están poniendo en marcha, como a la gente que pasea al perro o inventa triquiñuelas para burlar la orden de confinamiento. Hay en sus palabras incluso un tono de reconvención hacia estos últimos que no es el que corresponde a quien de hecho es el jefe de la policía, sino el de alguien más parecido a un maestro que regaña a un grupo de escolares díscolos o un sacerdote que reconviene a la feligresía por su vida pecaminosa. Y lo raro es que, oyéndolo, no siento la clase de irritación que suelo experimentar cuando tengo la sospecha de que alguien me está reconviniendo o regañando. Más bien me resulta reconfortante delegar mi miedo en esa distante autoridad, a la que no doy en general demasiado crédito, pero sobre la que ahora me parece que gravita una responsabilidad que no quisiera para mí y que no creo que, en el fondo, ahora nadie le envidie ni dispute. Ni siquiera sus contrincantes políticos.


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Anoche mi mujer y yo "salimos" a cenar. Quiero decir que, para solemnizar de algún modo la noche del sábado, en vez de cenar ante el televisor, como solemos hacer, colocamos una mesita en mi estudio, al otro extremo del piso –que, curiosamente, estos días me parece mucho más grande de lo que realmente es–, y allí, junto a un ordenador que emitía música, hicimos nuestra cena de fin de semana, con su botella de vino y alguna que otra chuchería de las que todavía pueden comprarse en el supermercado. Nos sentamos allí en torno a las diez de la noche y nos dieron la una. Apuramos incluso los restos de una olvidada botella de vodka que no tocábamos desde hacía lustros –nada, unas gotas, lo suficiente para aromatizar un poco de zumo de naranja– y casi dimos cuenta, a los postres, de una caja entera de bombones que mi mujer había tenido el detalle de regalarme por mi santo, que fue el jueves pasado. Y no fue en absoluto una velada melancólica. Era agradable estar allí, juntos, dándole un giro distinto a un viejo ritual de pareja. Y casi nos parecía que esta reclusión forzosa no era en absoluto una contrariedad.

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