Disfraces






1/3/2020

Sospecha uno que la paranoia por el dichoso virus será, como suele ocurrir con todo en este bendito país, arbitraria y selectiva. Las autoridades, por supuesto, ni se plantearán suspender festejos populares en los que se congregan decenas de miles de personas, pero pondrán trabas a la celebración de encuentros profesionales o culturales mucho menos concurridos. Se les ve venir. Mientras tanto, la gente actúa con esa mezcla de cinismo e histeria que es también seña nuestra de identidad: hacemos alarde de indiferencia, proclamamos que "de algo hay que morir" y, al mismo tiempo, acudimos a la red clientelar de turno para estar al tanto de dónde quedan mascarillas o de qué modo conseguir que te vea un médico sin guardar una terrorífica cola en la antesala del servicio de urgencias, donde seguramente la densidad de gérmenes es mayor que en cualquier otro lugar... Tiene uno la esperanza de que la primavera, como suele ocurrir, acabe con las miasmas del invierno y haga olvidar este inusitado brote de pánico colectivo; lo que, por supuesto, no será antes de que unos pocos espabilados hayan conseguido hacer su agosto al respecto. En fin.

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A pesar de mi declarado propósito de huir de los carnavales, he reservado un día del largo puente festivo para asomarme a la versión local de los mismos: ha venido una sobrinilla que se hacía ilusiones al respecto, y que incluso había traído un disfraz, así que no hemos querido decepcionarla y la hemos sacado a las horas más benignas, cuando las familias pasean a los niños. Y así, mientras ella se sube a las atracciones de feria o gasta su provisión de serpentinas y papelillos de colores, yo me he distraído dibujando al personal, especialmente a los que llevan máscaras, pelucas, antifaces u otros aditamentos más o menos apropiados al caso. Hay poca diferencia, no obstante, entre el grado de extravagancia (muy moderado) que se exhibe en un día como hoy y el que suele darse el resto del año. Constato, por ejemplo, que casi no hay hombre que no lleve sombrero o gorra: a los que los llevan normalmente se suman hoy muchos que hacen hoy excepción y se han puesto lo primero que han encontrado para sentirse "disfrazados". Yo casi no lo necesito: la barba que me he dejado crecer en estos últimos años, y de la que ya creo que no me desprenderé, se ha convertido en una especie de disfraz permanente; a lo que se suma el hábito, también adquirido no hace mucho, de llevar gorra, al que le he cogido gusto. También enfrascarse ante una libreta de dibujo mientras otros ríen y hablan tiene algo de disfraz... Se va atrincherando uno en estas idiosincrasias adquiridas y ya casi no recuerda un modo de ser o desenvolverse anterior a ellas. Por eso no dejan de conmoverme los discretos alardes carnavalescos que exhibe la gente que me rodea, en su mayoría padres treintañeros que han salido a distraer a su prole. Mujeres en ropa normal de calle que se han puesto una peluca de colores, hombres en vaqueros y suéter que se han colocado sobre el cogote unas orejas de Mickey Mouse... Tiene uno la impresión de que van incluso menos disfrazados que en cualquier día normal. Si acaso, hoy se ve lo que son, lo que somos: pobre gente que trata de obedecer, sin mucha convicción, al toque general que ordena divertirse y desmadrarse en días como hoy. 

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Mi cuñado P., cada vez que sale a relucir mi dedicación a la escritura, me comenta que lo mío es la poesía y que, en cambio, a mis novelas les falta... no sabría decirme qué. Yo sí sé lo que les falta: lectores. No es que mi poesía tenga más: es posible, incluso, que sean menos; pero el caso es que, en poesía, tener o no tener lectores es casi lo de menos.   

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