ESTADO DE ALARMA



15/3/2020

El gobierno ha decretado el estado de alarma y prohibido a la población salir de casa, salvo por motivos muy justificados. Y como lo es que yo acerque a MA al hospital, donde está acompañando a su madre, salimos a la calle por la mañana temprano con la sensación, pese a la excusa que nos asiste, de que estamos violando el toque de queda y que a la vuelta de la esquina una patrulla policial va a pedirnos el salvoconducto, como si estuviéramos en la Viena de El tercer hombre... Pronto vemos que, pese a lo desusadamente desierto de las calles, otras personas han salido, quizá también bajo el amparo de motivos que el presidente del gobierno, al dirigirse ayer a la nación, consideró igualmente justificados: ir a comprar el pan o pasear el perro, por ejemplo. Ya sé que esto último suena un poco raro, pero ayer, cuando lo oímos en boca de la máxima autoridad, nos pareció un rasgo de empatía; como lo es, en fin, que se permita que abran las peluquerías y los estancos, aunque no las librerías ni las bibliotecas, por más que ahora muchos vamos a tener más tiempo para leer.

La ciudad, sí, está desierta y el tráfico es casi inexistente, aunque quizá por ello mucho más peligroso, porque los contados coches con los que no cruzamos creen tener las calles para ellos solos y olvidan las más elementales normas de seguridad y no se paran a ceder el paso en las esquinas, por ejemplo. También algunos viandantes andan como zombis y cruzan las calles sin mirar. Incluso los pájaros, que hoy tienen la ciudad para ellos, suenan como amortiguados por la pesadumbre general; que, en cualquier caso, no deja de incluir una nota de extraña belleza, o quizá la admisión  a regañadientes, pero no del todo ingrata, de que podríamos vivir de otro modo, con más discreción, menos prisas, más respeto al silencio primordial de las cosas y del mundo.

Pienso en ello cuando llego a casa. No, no me ha parado ningún control policial y ni siquiera me he cruzado con ningún tipo de vigilancia. Sería hermoso, me digo, que hiciéramos todo esto por convicción y civismo, y no simplemente por miedo a una sanción. Pero me imagino que, como todo, los comportamientos evolucionarán en función de las circunstancias y de lo que duren las imposiciones anómalas... Quiero decir que habrá que ver cómo nos portamos cuando se nos acabe la paciencia, o simplemente nos aburramos.

Quien esto escribe, desde luego, no se aburre. Ayer, cuando todavía no estaba oficialmente en vigor el estado de alarma, me levanté a las seis y media para llevar a MA, como hoy, al hospital y luego a mi cuñado, que ha de volver a Madrid, a la estación de trenes. Ya en casa, hago las tareas domésticas más urgentes y luego dedico una hora a pintar algunas acuarelas. Y como todavía, hasta el final del turno hospitalario de MA, me queda tiempo, aprovecho para intentar la puesta en marcha de un ordenador que el otro día se me quedó parado, y lo consigo, lo que me lleva a la engorrosa tarea de volver a colocarlo en su sitio y enchufar con tino el amasijo de cables, lo que resulta ser mucho más agotador de lo que había previsto. A las cuatro de la tarde, cuando finalmente recojo a MA y nos disponemos a comer algo y relajarnos, constato que no he parado de hacer cosas en las últimas diez horas. Y casi me vengo abajo por la sobrevenida conciencia de agotamiento.

Comentarios

Entradas populares de este blog

GASTRONOMÍA

ACEPTACIÓN

Bagajes