FLAMENCOS


26/3/2020

Los flamencos, que normalmente se situaban bien adentro de la marisma, fuera del alcance de cualquier intrusión humana, en estos días se han ido acercando cada vez más al cantil del paseo marítimo y ya están casi a un tiro de piedra (digo bien: desde ese mismo lugar he visto a niños tirar piedras a las gaviotas, e incluso vi una vez, y denuncié, a un desaprensivo que les disparaba con una escopeta de plomillos) de cualquier paseante. Sólo que ahora no hay paseantes, porque rige un decreto de confinamiento y la gente está encerrada en sus casas y los animales, poco a poco -los pájaros, sobre todo, aunque no descarto que pronto empiecen a aparecer otros animales, como sucede en Irlanda e Inglaterra con los zorros que se pasean por los suburbios-, están recuperando lo que alguna vez fue suyo y nadie les disputaba. Los vemos MA y yo desde la ventana y hacemos apuestas sobre cuándo se atreverán a dar el paso y empezar a invadir el espacio asfaltado. Tal vez si vuelve a llover y el terreno se encharca un poco, eso les facilite las cosas.


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Gestos hermosísimos por parte de algunos y verdaderas canalladas por parte de otros. Y la sospecha de que quizá hay canallas que, en un momento dado, son capaces de un gesto hermoso, y viceversa. La imposibilidad de encerrar a la humanidad entera en un juicio moral simple, o incluso en uno con pretensiones de abarcar una mayor complejidad. Y el resultado: la necesidad de confiar, casi sin fundamento, en que alguien nos recogerá del suelo, pongo por caso, si caemos fulminados por una fiebre súbita; y la aprensión de que, en esa misma coyuntura, alguien querrá aprovechar para rematarnos y, pongamos, robarnos el reloj.


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Creo que he descubierto el porqué de la necesidad que algunos tenemos de acumular ciertas cosas que, a la postre, ni siquiera tienen un gran valor económico: libros, por ejemplo. Cumplen su propósito cuando uno los trae a casa para que satisfagan, por ejemplo, una demanda de información o lectura. Pero su verdadera función es otra, como ahora se pone de manifiesto. Están ahí -los ve uno, expectantes, pulcramente ordenados en las estanterías, cada uno con su puñado de preguntas más o menos lacerantes y sus siempre precarias respuestas- para acompañar.   

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