Irrealidad


11/3/2020

Días feos, tiempos malos. Los medios de comunicación no hablan de otra cosa que del dichoso virus y el pánico y la histeria han empezado a cundir, así como esa clase de bajezas que suelen aflorar en tiempos de aflicción: gente que acapara comida y demás suministros en sus casas, estafadores que se valen de la alarma de los viejos, los más vulnerables ante la pandemia, para engañarles y robarles, etcétera. Constata uno una nueva intromisión de eso que llamamos "tiempo histórico", el de los grandes sucesos y acontecimientos que quedan registrados en los libros de historia, en el tiempo íntimo y particular, que parece transcurrir siempre un tanto al margen y en la mayor parte de las ocasiones nos reduce a meros espectadores de lo otro. A lo largo de la década de los noventa más de un incauto dio por válida la tesis del "final de la Historia", que defendía un tal Francis Fukuyama, quien creía ver en la caída del comunismo y la aparente victoria de las democracias liberales una especie de desenlace definitivo del drama en muchos actos en el que había consistido hasta entonces la historia de la humanidad. Pero no: enormes conmociones globales se han sucedido desde entonces, y hasta cabe decir que la propia democracia liberal está en crisis. El penúltimo episodio fue la crisis económica que empezó en 2007 y todavía no puede darse por concluida. Y ahora llega una pandemia que amenaza con paralizar la economía global, poner en cuestión los fundamentos mismos de nuestra convivencia en sociedades de masas y resucitar en la humanidad toda clase de temores ancestrales. 

Y, decía, la historia colectiva, global, exterior, ha irrumpido también en el ámbito de la vida privada. Ayer una persona muy cercana, que está hospitalizada por una enfermedad respiratoria perfectamente explicable desde su historial médico, fue objeto de la sospecha de que podía tener el virus fatal. Lo que sucedió a continuación -me lo cuentan los testigos directos del caso- adquirió de inmediato aires de irrealidad, al mismo tiempo que se revestía de un cierto aire de impostada farsa. Se decretó que la sospechosa fuese trasladada a una habitación aislada, y para ello hubo que desalojar todos los pasillos por los que había de transitar. Una pareja de guardias de seguridad -sin protección alguna, por cierto, confiados sólo en la distancia que los separaba de la enferma- iba abriendo paso, una enfermera dotada de un walkie-talkie dirigía la operación, unos camilleros enmascarados empujaban la cama, que iba seguida a distancia prudencial por los familiares... Las pruebas dieron resultado negativo, como todo el mundo esperaba. Pero ahí queda, para el recuerdo, la imagen de este impostado protocolo, que no digo que fuera innecesario, pero que, como todo lo que nos saca de nuestro decoro cotidiano, nos sumió a todos -y me incluyo, por mi cercanía a los directamente implicados- en una de esas coyunturas en las que, por un lado, uno actúa en consecuencia, ajustándose a las indicaciones que le dan, y, por otro, esa especie de observador de la vida propia que llevamos todos dentro se distancia un tanto, contempla el espectáculo inhabitual... y se echa a reír.

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