MEDIAS DE SEDA


23/3/2020

Desde Barcelona, mi hija se ha acordado de que, entre las cosas suyas que ha dejado en casa, está la mascarilla protectora que usaba en sus clases de escultura de primero de carrera. La he buscado y, efectivamente, ahí estaba, en la misma cajonera de Ikea en la que han quedado sus cinceles y demás herramientas. Me la he probado y una de las gomas, cuarteada por el tiempo, ha saltado. He anudado los dos trozos y he salido con ella a la calle, a hacer mis compras. Pero, a los pocos minutos, la goma podrida ha vuelto a ceder. La otra, la que sujeta la parte central de la mascarilla desde las orejas, ha aguantado, así que no me he quedado del todo desprotegido.

"Qué guapo vienes", bromea mi anciana madre, a la que he ido a llevar fruta y verduras para unos cuantos días. He aprovechado también el mismo viaje para llenar el tanque de gasolina y revisar la presión del aire de las ruedas del coche. Ante la gasolinera desierta, la máscara le infunde a uno ideas de salteador. En realidad, lleva uno días recreándose en toda clase de fantasías delictivas, de las que me valgo para embellecer un tanto la áspera realidad. Llevar comida a mis padres octogenarios, que entra dentro de las excepciones al confinamiento que se toleran, reviste así  aires de peligrosa infracción, como la que cometería, pongamos, un traficante de medias de seda que operase entre uno y otro lado del Muro de Berlín en plena Guerra Fría.

Y así van pasando los días.

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