PALOMAS

28/3/2020

Este diario se está convirtiendo casi en el cuaderno de un naturalista. El otro día fueron los flamencos y ayer, sin ir más lejos, cuando enfilaba el puente nuevo para llevar un poco de comida a mis padres, casi arrollo con el coche a una bandada de palomas que había invadido la calzada a la altura de la barriada de Río San Pedro. Hube de reducir la velocidad para permitirles que se apartaran con una parsimonia que no es la habitual en las aves de ciudad, acostumbradas a esquivar toda clase de peligros. Hubiera querido pensar que tomaban el sol tranquilamente sobre el asfalto; pero no: parecían desorientadas, perdidas, como si no acabaran de acostumbrarse a moverse libremente por espacios habitualmente vedados o peligrosos. ¿Les faltará el alimento, ahora que la legión de desocupados que habitualmente les echa migas de pan está recluida en sus casas? ¿Hasta ese punto ha llegado la dependencia que estos pájaros desnaturalizados tienen de los seres humanos? Había incluso algo amenazante en la imagen de esa bandada posada en medio de la carretera y aparentemente indiferente a lo que les pudiera pasar. Quizá también en eso copian las actitudes humanas, en lo que éstas tienen de reacciones de rebaño movido por temores que, por separado, ninguno de sus componentes termina de entender o sabe explicar.

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Descubrimientos. el cine del senegalés Ousmane Sembène (1923-2007), por ejemplo, al que algunos consideran padre del cine africano. Vimos primero el documental Sembène (2015) de Samba Gadjigo y Jason Silverman, durante el cual nos acordamos mucho de otro que vimos el año pasado en el Festival de Cine Africano de Tarifa y Tánger sobre el músico Fela Kuti. Ambos, músico y cineasta, parecen reunir en sus complicadas personalidades esa especie de situación de paroxismo permanente que atravesaron los jóvenes estados africanos recién independizados en los años 60: unos inicios muy prometedores, seguidos de un rápido colapso y de la reconversión de todas las energías no encauzadas o malgastadas en una especie de impulso autodestructivo convertido en rasgo permanente de la personalidad, nacional o individual, según. Quiero decir que también Sembène, como Kuti, conoció en sus últimos años, a la vez que el reconocimiento internacional -especialmente desde el entorno del activismo negro en Estados Unidos-, el endiosamiento, el comportamiento errático, tanto en lo personal como en lo profesional, incluso las actuaciones moralmente cuestionables: en el citado documental se cuenta, por ejemplo, que, para poder rodar su película Camp de Thiaroye (1988), sobre los campos de internamiento en los que el ejército francés recluyó a los combatientes africanos que habían combatido en sus filas durante la Segunda Guerra Mundial, Sembène hizo uso de fondos públicos destinados a promover proyectos de directores más jóvenes. 

Todo eso no pone en cuestión lo esencial, el valor y la originalidad de la obra de este director. Lo primero que hemos visto de él es La noire de... (1966), uns turbadora película sobre una chica de Dakar a la que una familia francesa contrata como niñera y convence para que se vaya con ellos a Marsella, donde languidece encerrada en un piso de clase media donde, además, se convierte en chivo expiatorio de las frustraciones de sus amos. La película es extraordinariamente simple, casi amateur, pero da muestras de ciertos rasgos que caracterizan al cineasta de ley: una enorme perspicacia a la hora de caracterizar a personajes y ambientes, y un reconocible sentido de lo poético. Respecto a este último, cabe mencionar el uso que el director hace de cierta máscara africana con la que juega el hermano pequeño de la protagonista y viaja luego con ella a Francia: se diría que esa máscara, que al final vuelve a manos de su primer dueño, actúa a lo largo del relato como una especie de tótem o divinidad que rige sobre los acontecimientos y les presta una curiosa dimensión mágica, que trasciende el mero documento sociopolítico. 

Nos queda mucho por ver de este Sembène. Sus películas no deben de producir grandes réditos hoy día y por eso están disponibles en YouTube. Nos aprovecharemos de esa circunstancia.

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Bajé ayer a sacar la basura. El grato roce del aire frío de la noche. En el cielo negro, opaco, una sola estrella muy intensa, similar a una cabeza de alfiler que reflejara una ignota fuente de luz. La salida no ha durado ni un minuto: lo que he tardado en llegar de la puerta del bloque a los bidones de basura. Pero me ha deparado casi tantas emociones como un paseo que hubiera durado toda una mañana.

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