PÁLPITO


18/03/2020

Tercer, o quizá cuarto -no sé si contar o no el domingo- día de reclusión, o "confinamiento", que es el término que parece preferirse, quizá porque evoca menos las condiciones de una prisión. Y el caso es que estamos tan atrapados por nuestras obligaciones -he ahí la verdadera prisión- que el día se llena de tareas y apenas queda tiempo para aburrirse. Hoy, al igual que en los dos días anteriores, he "teletrabajado": es decir, he intentado estar en contacto con mis alumnos y compañeros y proporcionar a los primeros materia de la que ocuparse y mantener con los otros la ilusión de que actuamos como un cuerpo profesional coordinado. 

Lo del “teletrabajo” merece reflexión aparte. Hace años que cuenta con fervientes propagandistas y profetas. Será el modo de trabajar del futuro, dicen; y hacer la jornada laboral sin salir de casa no sólo será de lo más placentero, sino que supondrá un sustancial ahorro en conceptos tales como transporte, comidas en la calle, servicio doméstico y demás. Pero lo que todos esos defensores parecen pasar por alto es la posibilidad de que el llamado “teletrabajo” no sea, a la postre, sino una nueva forma de flagrante explotación: estar todo el día recluido, sujeto a una red informática que demanda de ti constantes respuestas y no deja respiro ni reconoce límites a la jornada laboral. Algo así es lo que estamos viviendo, quizá por inadvertencia e inexperiencia, en estos primeros días de confinamiento. Me he levantado a las siete y media, media hora después me he sentado ante el ordenador y, cuando me he venido a dar cuenta, han pasado cinco o seis horas en las que no he hecho otra cosa que atender exigencias diversas, con la confusión que ello implica, bajo la presión de que, si alguna de ellas no era atendida de inmediato, los complicados engranajes del mundo iban a ralentizarse o colapsarse...

Aunque también es posible que todo ese estrés derive de un impostado sentido de la responsabilidad ante lo anómalo de las circunstancias. Quizá todos queramos ser, como los médicos y enfermeros, los héroes del momento. Pero qué siniestro precedente estamos sentando, qué demostración efectiva de las posibilidades del control social. A lo mejor derrotamos al virus y salimos de ésta. Pero el mundo que vendrá no será el que habíamos conocido hasta ahora. Hay quien piensa que podría ser incluso mejor. No sé. Tiene uno más bien el pálpito contrario. 


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