PERUCHO: UNA LECTURA EN DÍAS ANÓMALOS


17/3/2020

Hoy he terminado de leer Dietario apócrifo de Octavio de Romeu de Juan Perucho, que sin duda recordaré, junto con su Poesía 1947-1981, como la lectura que me ocupaba cuando comenzó este anómalo tiempo de reclusión por epidemia del que hoy se cumple el tercer día.

A ello se debe quizá mi ánimo disperso y el hecho de que muchas de estas páginas haya tenido que leerlas dos y tres veces para enterarme de lo que decían. Y ello, quizá, no tanto por su posible dificultad, que no tienen, como por lo contrario: su ligereza. Perucho es, como sugiere su propio apellido con sonoridad de apodo familiar o diminutivo cariñoso, un hombre que parece obsesionado por las nimiedades, y no cabe duda de que a algunas les saca mucho partido: piénsese, por ejemplo, en sus repetidas evocaciones de los álbumes de cromos de la I Guerra Mundial, que al parecer eran muy populares en los días de su infancia. Tanto su poesía como su Dietario apócrifo tienen mucho de eso: de álbumes de estampas. Y éstas son, como él mismo dice de las que coleccionaba en su niñez, un tanto estridentes y, al mismo tiempo, delicadas; precisas en los detalles y, a la vez, un tanto indefinidas en lo que a visión de conjunto se refiere. 

De ahí también que, como suele ocurrir con las estampas, uno sienta ante estos textos un cierto afán clasificatorio, que llevaría, por ejemplo, a constatar que Perucho fue muy aficionado a la pintura en general y a la pintura catalana contemporánea en particular, y que lo que escribió sobre ello está a la altura de las breves pero certeras semblanzas de pintores que Eugenio d'Ors, su mentor y modelo, reunió en su libro Arte vivo. Igualmente, se puede afirmar que otra de las grandes obsesiones de Perucho fue el mundo finisecular, las evocaciones de escenas galantes o frívolas, a veces impostadamente afrancesadas, que de nuevo cabe asociar a un periclitado mundo adulto entrevisto desde los ojos de un niño. Una tercera categoría, dentro de esta clasificación temática, la constituirían lo que podríamos llamar entes de fantasía: fantasmas, ciudades imaginarias, personajes apócrifos, fingidas erudiciones... Es el suyo, sin duda, un mundo caleidoscópico, carente de otra unidad que no sea la que le otorga el hecho de que todos sus ingredientes conviven en una misma mente inquieta, detallista, inclinada a un cierto humorismo soterrado que con frecuencia se traduce en melancolía.

Con melancolía, en fin, constato que mi ejemplar del Dietario apócrifo de Octavio de Romeu -Romeu, recuérdese, fue un personaje de Eugenio d'Ors que éste alguna vez quiso elevar a la categoría de heterónimo- lleva en mi poder desde finales de los 80, cuando compré, en la mesa de saldos que solían poner a la puerta de Galerías Preciados en la calle Ancha de Cádiz, varios títulos de la afamada colección Áncora y Delfín, de Ediciones Destino, que se imprimieron en un formato distinto al habitual, el de pastas duras con sobrecubierta. Ignoro por qué Destino inició y abandonó ese intento de remozar su colección insignia. El caso fue que en esa liquidación me procuré un puñado de libros a los que todavía tengo gran estima, entre ellos El cuaderno gris de Josep Pla. Y fue quizá por culpa de éste, que de inmediato eclipsó a los otros, y que me tuvo ocupado y fascinado durante las muchas semanas que empleé en su lectura por lo que algunas otras piezas de esa batida -de ella procede también mi ejemplar de otro libro que tengo en gran aprecio, Viejas historias de Castilla la Vieja de Miguel Delibes-quedaron relegadas durante mucho tiempo. La que más fue este Dietario de Perucho: en el tiempo transcurrido desde entonces sólo alguna que otra vez había sentido la tentación de hojearlo y nunca de sentarme a leerlo de cabo a rabo... Hasta hoy, en que lo hago empujado por la lectura del otro libro de Perucho antes mencionado, la edición de su Poesía, no sé si completa -creo que sí- en la también ineludible colección Selecciones de poesía española de Plaza & Janés, que rescaté de una manta en el suelo en el cada vez más desolador mercadillo de los domingos en torno a la Plaza de Abastos de Cádiz, y del que me atrapó, al hojearlo, el poema "L'insecte" / "El insecto" (la edición es bilingüe y las traducciones al castellano son del propio autor), que empieza así: Té una existència absorta / però móbil, / estúpidamente intacte...

La poesía de Perucho, en su conjunto, es tan abigarrada como el dietario al que nos referíamos antes, con el que comparte incluso algún motivo de inspiración: la ciudad de Gandesa, por ejemplo, merece un par de arrebatadas estampas en el diario e inspira un poema no menos exaltado del libro El país de les meravelles (1956), incluido en esta compilación. Hay también enigmáticas y melancólicas evocaciones de la infancia, como la que ofrece el poema "Segona lletra escrita al capvestre" / "Segunda carta escrita al atardecer", que cabe entender como una adivinanza, pues sólo al final entendemos que la serie de prodigios que se enumeran en el poema se refieren a los asombrados descubrimientos que efectúa un niño. 

Los mejores poemas de Perucho -que no figura, por cierto, en la conocida Antología general de la poesía catalana de J. M. Castellet y J. Molas ni en la de José Corredor-Matheos- tienen esa cualidad de enigma fácilmente discernible, pero que obliga al lector a enfrentarse al poema predispuesto a que éste lo distraiga y lo embauque un poco antes de revelarle su verdadera razón de ser; lo que viene a ser el reflejo de la voluntad con que Perucho aborda su escritura en general: entre el juego erudito y la humorada, aunque siempre, como decía antes, con un fondo de insobornable melancolía. 

Me quedan por leer sus novelas y cuentos, sí. Creo que ya sé lo que puedo esperar de ellos. Pero ¿puede decirse eso de algo que se ha escrito con voluntad de sorprender?     

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