PROMISCUIDADES

30/03/20

Esta mañana he dado mi paseo a pie más largo desde que empezó en confinamiento: desde mi casa hasta la caja de ahorros, a donde he ido a cobrarle la pensión a mi padre. Llevo puesto guantes y mi mascarilla de pintor, que hace que el aire expelido por la nariz salga proyectado de su borde superior hacia mis gafas, que llevo permanentemente empañadas; tanto, que, al llegar al cajero automático del banco en cuestión, he de quitármelas para ver las teclas que marco, al mismo tiempo que he de sacarme uno de los guantes para conseguir abrir la cremallera del bolsillo en el que llevo la libreta de ahorros... Los que van detrás de mí en la cola me miran, no sé si impacientes por el tiempo que estoy tardando o un tanto sorprendidos de que una persona que ha salido a la calle con todas esas protecciones (precarias, eso sí) prescinda de ellas justo cuando toca un objeto de uso público que podría estar contaminado de la miasma en cuestión. Todo ello hace que me sienta más bien ridículo; lo que, unido a los demás sentimientos que se despiertan en uno cada vez que sale a la calle en estas circunstancias -resquemor, impaciencia, una cierta agresividad mal reprimida-, resulta en este extraño cóctel emocional que me embarga y que hace que llegue a casa sobreexcitado y agotado; aunque también, para que no falte su gota de novelería, bajo la sensación de que acabo de permitirme una más de las muchas modestas aventuras en que consiste la rutina en estos días raros.

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Remato mis lecturas de Joan Perucho con un minúsculo librito de cuentos que ni me acordaba de que tenía en casa, en un estuche promocional de la colección Alianza Cien que me regalaron una vez por mi participación como jurado en cierto concurso literario. No es mucho, pero sí lo suficiente como para que constate una vez más la cerrada coherencia del mundo literario de este autor: alardes de erudición fantástica que no pocas veces derivan hacia la parodia o el humor peraltado, como por intensificación. Aunque más significativos son, y más en consonancia con la vertiente nostálgica de la poesía madura del autor, las estampas finiseculares o de principios de siglo, como la titulada "Anita Febrer o un vago murmullo sobre el agua, allá donde empieza o acaba la poesía", que acaba siendo un irónico homenaje al mundo en el que se desarrolló la poesía de Joan Maragall; o, en ese mismo sentido, el titulado "Madame d'Isbay en el Pirineo", en el que se homenajea, ya sin resabios de ironía, a Sánchez Mazas. Hay en esta colección una sola estampa contemporánea, "Carcasona, Simón de Montfort y la bella Josette", en la que el autor quizá se parodie a sí mismo o a sus allegados al describir a un grupo de turistas que visitan la ciudad histórica de Carcasona, en el sur de Francia, y, entre evocaciones eruditas, acusan la presencia de una bella adolescente en pantalón corto que parece poner en entredicho la circunspección académica del docto grupo. Son éstas las tres estampas -llamarlas cuentos me parece excesivo- que más me gustan de la colección. Lo otro, los bizantinismos diversos -como las reiteradas aventuras de un caballero llamado Kosmas- o las evocaciones de espiritismos varios, suena impostado, aunque quizá contribuya algo a la impresión de conjunto que deja la lectura de este autor como poseedor de un universo que es, básicamente, una cacharrería... aunque en ella quepa hacer, si se la mira con atención, algún que otro descubrimiento sorprendente.

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Cuando salen a relucir cuestiones de economía, cuotas de autónomos, impuestos..., la habitual promiscuidad amistosa entre escritores que viven de lo suyo y escritores que tienen una profesión más o menos ajena a la literatura queda en entredicho, y entonces se oyen comentarios que intentan apuntalar la casi imposible distinción entre el escritor aficionado y el profesional. ¿Soy lo primero o lo segundo? Pero acaso en España no haya escritores profesionales propiamente dichos, porque incluso los que así se consideran rara vez viven de lo que producen sus libros, y sí de otras ocupaciones más o menos concomitantes con la escritura, pero en el fondo ajenas a la creación: colaboraciones en prensa, charlas, traducciones, etcétera. ¿Y no es acaso más cómodo -aunque eso, por supuesto, depende de la suerte de cada uno- prescindir de todo eso y cambiarlo por un simple empleo con horario limitado y que pague las facturas? Pero eso tampoco lo digo por mí. A mi profesión no literaria debo, creo, una relación con la realidad de la que me vería privado si me limitara a cultivar la sociabilidad literaria; y, en ese sentido, me enriquece como escritor, en la medida en que no me deja encasillarme en el papel de tal, en toda esa impostada irrealidad que parece la atmósfera natural en la que se desenvuelve el oficio. 

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