A veces


15/4/2020

A veces desearía uno que este diario, que es como es y no puede ser de otro modo, fuera más privado e invisible incluso de lo que ya es. Lo que aquí cuento se ampara en esa especie de invisibilidad que supone añadir una gota de agua a un océano, o la que magistralmente describió Poe en La carta robada: el mejor modo de esconder algo que no se desea que nadie encuentre es ponerlo a la vista de todos. A lo que se añade el hecho de que estas entradas se programan para que sean visibles con un año de demora. En fin. Pero, aun así, hay cosas que uno no sabe si confiar con todo detalle a este cuaderno. ¿Cómo consignar en él que el otro día, cuando uno se aprestaba a disfrutar de un rato de descanso viendo un concierto, le saltó en el teléfono una entrada de un conocido en una red social en la que anunciaba, en términos que no dejaban lugar a dudas, que se iba a suicidar? Debo reconocer que, por una fracción de segundo, se me pasó por la cabeza un pensamiento del que no me siento nada orgulloso: ignorar el aviso, no darme por enterado, considerando incluso la posibilidad de abandonar una red social en la que uno podía encontrarse de improviso con mensajes de ese tipo. Pero ese pensamiento escapista duró apenas un segundo. Le enseñé el mensaje a mi mujer y de inmediato nos aprestamos a llamar por teléfono a alguna instancia que pudiera parar el disparate. No fue fácil. De ese conocido sólo sabíamos, aparte de las inclinaciones literarias que comparte conmigo, su nombre de pila y su primer apellido. Con esos datos, nos dijeron en el teléfono de emergencias, no era posible localizarlo. De todos modos, nos remitieron a la guardia civil y dimos con un agente que tuvo la paciencia de estar con nosotros al teléfono durante los veinte minutos que tardamos en recabar otros datos, en apariencia anodinos (un nombre de familiar, una fecha de nacimiento), pero que permitieron que las bases de datos de la policía, que ahora sabemos omniscientes, hicieran su trabajo y revelaran la dirección del chico en cuestión y su número de teléfono. Lo llamaron y no respondió, así que telefonearon también a la policía local de su pueblo y ésta se presentó en su domicilio, donde comprobaron que efectivamente había intentado suicidarse y que, por tanto, requería asistencia de personal especializado en estas cosas. De todo ello me dio cuenta, al poco, el mismo guardia civil que nos había atendido al teléfono.

Y no sé qué conclusión sacar de este suceso. Pensar que quizá, junto con otros, he hecho algo para evitar una desgracia no me permite desechar del todo la duda de si acaso el propio medio en el que ha transcurrido el incidente no suponía un escenario ideal para ese tipo de cosas; y, por tanto, que todos los que participamos de esos circos de algún modo somos cómplices de estas cosas. Pero no todo puede quedarse en un simple enjuiciamiento de las circunstancias en las que ha transcurrido el incidente; lo importante, por supuesto, es el drama humano que hay detrás, los abismos de la depresión, el agravante que supone que todos estemos sujetos a confinamiento... No conozco personalmente al chaval e ignoro en qué medida alguna muestra de interés, que quizá pudiera interpretarse como interferencia o incluso como malsana curiosidad, por parte de un extraño pudiera beneficiarlo o no. Como ante tantas cosas en esta vida, también respecto a ésta me hallo en un nuevo escenario.

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