ARMONÍA


1/4/2020

El ánimo se va resintiendo. lee uno u oye las terribles crónicas sobre la gente que ha visto agonizar y morir a seres queridos, escruta uno en vano las cifras oficiales que no aportan ningún dato esperanzador respecto a la evolución de la pandemia, constata uno su propio cansancio, el agotamiento de sus recursos para organizar el tiempo en reclusión, etcétera. Quiero decir que se está empezando a producir lo que los chinos primero y luego los italianos saben ya por propia experiencia que termina ocurriendo: que llega un momento en que se quiebra la curva de bienintencionado voluntarismo y aflora la impaciencia, el miedo, la desesperación. Y se experimenta también una especie de sentimiento retrospectivo de vergüenza por no haberse percatado antes del verdadero cariz del asunto y haber confiado, para encararlo, en recursos más bien pobres: las aficiones, la satisfacción de viejas deudas de lectura, películas que ver o músicas que escuchar, la interacción frívola con semidesconocidos en las redes sociales... No digamos ya la pretensión de utilizar este tiempo de encierro para satisfacer otra clase de aspiraciones, como, en el caso de un escritor, pensar que dispondrá de más tiempo para avanzar en su trabajo sin horarios ni metas definidas. el precario andamiaje de la entereza empieza a tambalearse. Y es ahora cuando uno escarba en sí mismo para ver si, más allá del acopio de fruslerías del que se proveyó al comienzo de la crisis, dispone de algo mejor, más duradero y de más temple. Ahí andamos.

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Extraño cuadro. Al final de la jornada, un grupo de coches de los distintos cuerpos de policía (local, nacional, Guardia Civil) se unen en comitiva y desfilan muy despacio por las calles haciendo sonar sus sirenas, mientras la gente les aplaude desde sus balcones... No quiero comentar nada al respecto; sólo plantearme, en fin, a modo de cautela moral, qué valor tendrá para cada cual el recuerdo de esta escena si, como parece posible, aunque no inevitable, la catástrofe que estamos viviendo acaba induciendo en la gente la idea de que un régimen autoritario como el chino, por ejemplo, resulta mucho más eficaz para combatir estas cosas que nuestras siempre indecisas y un tanto timoratas democracias. No se entienda esto, por supuesto, en detrimento del aplauso que puedan merecer tales o cuales funcionarios en el desempeño de sus difíciles funciones en tiempos de calamidad. Pero hay imágenes, en fin, que tienen una cierta proclividad a asociarse con las expectativas más inquietantes.

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Siguen ahí mis amigos los flamencos. Hoy, además de verlos componer su cuadro de figuras estáticas, algunos nos han obsequiado con la exhibición para nadie de su elegante manera de emprender el vuelo. Lo hacen como sin esfuerzo, simplemente tendiéndose en el aire y desplegando las vueltas rosadas y negras de sus alas, y luego, más que aletear, parecen haber encontrado en el vacío una rampa horizontal y cristalina por la que deslizarse sin más, hasta encontrar otro punto de la marisma en el que apearse de esa especie de pasarela invisible y volver a componer, ya con las patas de alambre bien asentadas en el barro, otra figura de friso egipcio. 

Sin saberlo, aportan cada día, en la hora en que la marea lo permite, una nota de delicada armonía a esta situación extraña. 

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