OTRA SALIDA


7/4/20

Cada salida en estas circunstancias es una aventura, o así se empeña en verlo el espectador un tanto novelero, y quizá algo infantil, que contempla todo esto desde los ojos de adulto atribulado que se asoman a la realidad al otro lado de la mascarilla. Y de eso quería escribir, de la mascarilla y otros aditamentos que se dicen necesarios para salir a la calle. Ayer hube de acercarme al consultorio porque uno de mis achaques recurrentes, el taponamiento de los oídos, ha querido manifestarse en estos días tan poco propicios para acudir al médico. Pero hace varios días que el hervor, el acúfeno causado por el tapón de cerumen, es insoportable. Se manifiesta sobre todo en el silencio del salón a la hora de ,la siesta, y también de noche, ya acostado, en la casi siempre larga espera a que llegue el sueño, y que ahora cuenta con un nuevo factor añadido de perturbación. Así que llamé primero al consultorio. para ver si podían atenderme, y me dijeron que sí, que fuera en ese mismo momento, a media tarde. 

Me vestí, me calcé, me lavé las manos después de tocar los zapatos -aunque les paso un paño con lejía, especialmente por la suela, cada vez que vuelvo de la calle-, me coloqué la mascarilla -y ahora he descubierto que no es buena idea tener barbas largas, como las que gasto, cuando se ha de llevar puesta una mascarilla que te cubre barbilla, nariz y boca y deja fuera, desplazados y tiesos, como espantados, los pelos que rodean esas partes de la cara- y luego hice lo más complicado para mí, que es calzarme los guantes de látex que compré el otro día en el supermercado, y que me dan la impresión de haberme enfundado en los dedos un manojo de preservativos especialmente bastos... Caigo luego en la cuenta, ya con los guantes puestos, que no he buscado en el cajoncito de los papeles la tarjeta de la mutua médica ni el talonario de recetas, lo que procedo a hacer con notable dificultad y torpeza. 

Conducir con guantes no resulta, al final, tan engorroso como suponía. Aparco el coche, después de hacer uno de esos trayectos fantasmales de estos días, en los que todo el que se cruza contigo se te queda mirando y tú haces lo propio, llego al consultorio. La recepcionista se escuda tras una mampara de cristal que, bien mirada, resulta ser una hoja de ventana corredera de aluminio apoyada en su lado más largo, al que han soldado dos travesaños para darle estabilidad. Han colocado también unas cajas de cartón delante del mostrador, para que la clientela no se acerque; y han marcado con una equis de cinta adhesiva una de cada dos sillas alternas de la sala de espera. De cuando en cuando, una mujer de la limpieza -que, sorprendentemente, no lleva ninguna protección-, pasa un paño empapado en lejía sobre la mesita de las revistas -en la que ahora no hay revistas- y los apoyabrazos de las sillas. Tampoco la recepcionista lleva mascarilla ni guantes, y me sorprende que tome mi tarjeta con las manos desnudas.

La doctora que me atiende sí lleva mascarilla y, en el momento de proceder a aplicarme el otoscopio, se calza unos guantes desechables. Curiosamente, lleva la bata abierta, bajo la cual se ve un vestidillo corto, escotado y vaporoso de primavera. Debe de ser muy joven, pero eso ya casi no merece reseña, porque una de las cosas que cambian con la edad es la percepción de que ciertas profesiones que uno asociaba a una cierta autoridad, casi siempre emanada de gente mayor que uno, ahora las ejercen casi siempre gente mucho más joven que uno. Me mira el oído, constata que hay taponamiento y me receta unas gotas. Y así transcurre este diálogo entre enmascarados. Entro luego en la farmacia a comprar la prescripción e involuntariamente sobrepaso una de las marcas puestas en el suelo para que la clientela no se acerque demasiado a las mamparas que protegen a los mancebos, lo que me cuesta una amable regañina por parte de uno de ellos. Pero un hecho curioso, común a todos los comercios en los que he tenido que entrar en estos días, es que los dependientes casi siempre se dirigen a ti con una sonrisa que quiere ser amable, pero que a uno le acaba pareciendo siempre un tanto conmiserativa, como si a esos empleados hechos a una cierta mundanidad les resultara penoso y digno de lástima ver a la gente tan cohibida, tan manazas a la hora de manejarse con guantes, tan torpe en general.

Tanto, que ni siquiera aprecio que esta salida me haya deparado la ocasión de pisar la calle en una tarde espléndida. Estaba deseando llegar a casa; donde, de nuevo, se convierte en un arduo problema decidir en qué orden debe uno quitarse las distintas protecciones, lavarse las manos y despojarse de la ropa de calle.

Y así pasa la vida.     

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