Teletrabajo


20/4/2020

Escribo en este cuaderno mientras asisto a una videoconferencia. En la pantalla se me ve trastear, quizá, pero nadie sabe qué estoy haciendo. Extraña sociabilidad ésta, que interpone entre los interlocutores la barrera que siempre supone una pantalla, y que tiene ciertas concomitancias con la barrera física que, en la calle, supone llevar mascarilla o las manos enguantadas. Lo que no significa, en fin, que hayamos hecho algún provecho a favor de la reserva y salvaguarda de la intimidad o la atenuación de la exhibición permanente en la que parecemos vivir desde que se generalizaron las llamadas "redes sociales". Espío a mis interlocutores desde mi pantalla y reparo en inesperados detalles en el espacio desde el que hablan. X., por ejemplo, de quien no tenía noticia de que cantara o tocara algún instrumento musical, tiene una guitarra apoyada contra la pared: veo el mástil asomar a su espalda. A Y. la acompaña un perrillo insignificante y de muy buenos modales, que no ladra ni hace ningún ruido, y que bosteza desinhibidamente a espaldas de su ama. Algunos buscan ángulos de cámara que abarquen ciertos elementos de respeto del mobiliario: casi siempre, estanterías llenas de libros; aunque también hay quienes buscan fondos neutros, desnudos, despojados incluso. La mala iluminación, en general, contribuye a prestar cierta crudeza a los fondos, como si todos, incluso los mejor asentados, viviéramos en desolados pisos de alquiler y no hubiéramos invertido lo suficiente en lámparas ni cortinas. Salta a la vista también la carpintería estandarizada de puertas y, sobre todo, armarios empotrados, todos ellos adornados con idénticas molduras y salidos de una misma ebanistería industrial. ¿Será por ello que se nos ve, no ya pálidos, sino un tanto amarillecidos? ¿Será éste el futuro, la sociabilidad reducida a estos cónclaves un tanto fantasmales? Y las voces, ay, que son las nuestras y no lo son, todas ellas viradas a esa resonancia en hueco que emiten los televisores y las radios. Miro mi propia imagen en una pequeña pantalla al pie de la pantalla general. Tengo la cámara demasiado alta y se me ve hundido, como ese perro del cuadro de Goya que apenas alcanza a asomar la cabeza por encima del travesaño inferior del marco del cuadro y más bien parece abocado a ahogarse en un medio desconocido que la pintura no alcanza a abarcar.

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