Emoción barata


13/5/2020

Abunda ahora el cine apocalíptico en los canales de televisión, tal vez porque los responsables de la programación intuyen que, en una población atribulada, tienen la misma fuerza los deseos de evasión que el impulso a regodearse masoquísticamente en la desgracia que nos atenaza. Hasta ayer mismo yo me resistía a pensar que ese sentimiento pudiera manifestarse en mí; pero también pude comprobar que se puede ceder a él por pura inadvertencia, que fue lo que me pasó anoche cuando, al examinar la parrilla de películas, como suelo hacer en la sobremesa, me dio por grabar Estallido (Outbreak, 1995), no tanto por su director, Wolfgang Petersen, a quien asocio con un tipo de cine que no me interesa nada, como por el reparto, en el que estaban, entre otros, Dustin Hoffman y Donald Sutherland. Así que ésa fue la película que vimos anoche, no sé decir si con placer, aunque sí con cierta emoción a contrapelo, aun a despecho de que sabíamos que estábamos viendo un simple pasatiempo morboso. Aún así, cómo no considerar casi premonitorio este relato de cómo un virus procedente de un país remoto llega a Estados Unidos y origina un potente foco de contagio que amenaza con extenderse a todo el país; y cómo no estremecerse ante la secuencia, quizá la mejor de la película -y la más arriesgada, por jugar con las aprensiones del espectador-, en la que que muestra cómo el virus se contagia de persona a persona hasta que un individuo tose o estornuda en el cine y extiende la infección a decenas de una sola vez. 

Hasta ahí, la película resulta casi una mera ilustración de lo sucedido de febrero a hoy en todo el mundo, y por eso la vimos, en fin, bajo una especie de morbosa fascinación a la que nos creíamos, si no impunes, sí lo bastante reticentes como para esquivarla... El resto da un poco igual: una teoría conspirativa, un subordinado con criterio propio que se empeña en desvelar la verdad, aun a costa de enfrentarse a sus jefes, etcétera. Como dice el crítico Roger Ebert, que es el oráculo al que suelo consultar cuando una película me causa sentimientos encontrados, ésta funciona porque, a pesar de ser una amalgama de lugares comunes, los distintos elementos que la componen están bien armonizados y no dejan de ser pertinentes en ningún momento, justificando incluso en cierta medida los excesos melodramáticos del desenlace, en el que se aúna el empeño del protagonista en actuar según su conciencia, su deseo de redimirse ante su exmujer, a la que aún ama, y, sobre todo, la imposibilidad de renunciar a su responsabilidad moral, al tener en su mano la única posibilidad de evitar males mayores. 

Y así nos fuimos a dormir: con la sensación de que antes nos habíamos revolcado en ese gozoso charco de las emociones baratas, a veces tan cercanas a las que de verdad nos embargan.

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