Eslizón ibérico

11/5/2020

Una característica de lo anómalo es que es limitado, porque una anomalía que se prolonga demasiado pierde su condición de tal y se difumina en la nebulosa de lo cotidiano, que ya se sabe que no es del todo incompatible con la pesadilla. Podemos vivir dentro de una -de hecho, lo estamos haciendo-, pero, desde el momento mismo en que hemos sentido que ése es nuestro estado habitual, dicha pesadilla no puede ya conceptuarse como anomalía. Y, por tanto, un diario íntimo, que quiere ser un registro de lo cotidiano a partir de la premisa de que las rutinas bien observadas deparan pequeñas novedades, ligeras anomalías que merece la pena consignar, siquiera sea como mínimas variaciones de lo aparentemente inmutable, deja de tener materia propiamente dicha de la que ocuparse desde el momento mismo en el que lo que en su día fue una anomalía se convierte en cosa habitual y, desde su condición de realidad invasiva, no sólo deja de ofrecer variaciones, sino que suprime o anula o eclipsa toda la variedad de cosas que ha venido a sustituir y convierte la vida propia observada en una inmensa pantalla en blanco.

Hago, no obstante, un pequeño esfuerzo y consigno aquí alguna que otra mínima novedad, de ésas que en otros tiempos más afortunados acudían casi sin esfuerzo a las páginas de este diario.

Por ejemplo, que una conocida que vive en el campo me ha mandado un pequeño vídeo de un eslizón ibérico, una maravillosa criatura del tamaño de una lagartija más bien pequeña y que parece una versión estilizada de ese reptil en un estadio de evolución en el que estuviera a punto de perder sus mínimas patas y la textura escamosa de la piel para convertirse en una pequeña serpiente plateada. Mi interlocutora sostiene el bichejo en la mano y uno casi contiene la respiración por temor de que algo tan delicado pudiera resultar dañado por el mero roce con nuestra garra prensil de simio omnívoro. Pero basta ver la confianza con la que el eslizón se acomoda sobre la palma de la mano de mi corresponsal y se resiste a abandonarla, como si la considerara una piedra lisa sobre la que tomar el sol, para saber que no está siendo objeto de daño alguno. La criatura finalmente salta de la mano que la sostiene y se pierda en la grama. Y del pequeño milagro sólo quedan las imágenes filmadas. Lo que anoto en el mismo capítulo de deslumbramientos en el que he apuntado la cercanía de los flamencos y otros pequeños milagros de la naturaleza que se han manifestado allá donde el ser humano les ha cedido un poco del espacio que hasta ahora ocupaba sin consideración alguna.

Y basta, porque con esto me han salvado el día.

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