Quizá la biología


5/5/2020

Días definitivamente malos, aunque no del todo, o no a todas horas: el malestar empieza, realmente, después del intervalo de la siesta y podría confundirse con la digestión de una comida copiosa generosamente acompañada de vino, si no fuera porque en estos días hago comidas más bien frugales y el vino sólo lo pruebo los fines de semana. Pero el efecto es ése: el de las horas bajas de la modorra digestiva y alcóholica. Ansiedad, opresión en el pecho, indicios de taquicardia, irritabilidad en los lacrimales. Y, sobre todo, una especie de devastador sentimiento de futilidad. Tiene uno bien acotados los síntomas: sabe que sólo duran unas horas, e incluso que, si uno no pudiera sobreponerse a ellos en lo que queda de día, mañana vendrá otro y al menos la mañana supondrá una tregua. 

Y me pregunto qué podría hacer para combatirlo. Como uno es positivista y cree en los hechos, me planteo si quizá no debería cambiar mi horario de comidas, por ejemplo, como hacen los ingleses y otros europeos del norte, que soslayan hacer una comida completa al mediodía y se conforman con un sándwich o algo por el estilo, lo que les salva también de la temible somnolencia posterior y sus efectos. O desacostumbrarme a  la siesta, que  tan nefasta me resulta en estos últimos tiempos, y emplear ese intervalo en algo que no suponga tan violento cambio de biorritmo. 

Pero no sé. Quizá la biología tenga poco que ver en esto y las razones haya que buscarlas en otras esferas. Pero ése es otro de los efectos del pesimismo sobrevenido: incapacita más bien para según qué reflexiones, como la piel rozada por una llama se resiste a acercarse al fuego que terminaría de abrasarla.

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