Despacho de vinos


1/6/2020

La luz es casi de verano pero el viento de poniente pone en el ambiente una perturbadora nota de frío contra toda evidencia, a la vez que trastoca y ensucia los colores -el del cielo, el del mar-. virándolos hacia una tonalidad ácida y gastada, como de fotografía expuesta a los elementos. Por no complicar mucho la vestimenta, he salido a hacer estos recados matinales en pantalón corto y la verdad es que me he arrepentido, aunque no tanto como para deplorar verme en la calle a la hora en que abren los comercios y contrastar esa especie de bullicio laborioso y honrado del reparto y las compras tempranas con la desolación de hace apenas unas semanas. Iba yo, además, al despacho de vinos en el que me abastezco de manzanilla y otros caldos generosos, que consumo en casa y llevo a las de los amigos. Es imposible abastecerse de vino con el ánimo abatido. Bebo siempre en compañía y bajo una especie de predisposición a la alegría; quiero decir que no se me ocurriría compartir unas copas con alguien con quien tuviera que mantener una controversia enconada o de quien me separara la percepción de alguna clase de hostilidad. Y esa predisposición se anticipa ya en el momento de la compra. 

Han cambiado, eso sí, al dependiente del despacho de vinos y el que hay ahora no da el juego del de antes, que se las daba de entendido, y quizá lo fuera, y si uno, por ejemplo, lamentaba que la última botella de tres cuartos que trasegó de la garrafa de cinco litros comprada varias semanas antes había criado un extraño sedimento, el chico no dudaba en explicarte la inestabilidad de esos vinos y la necesidad de consumirlos a tiempo, antes de que se no sé qué proteínas precipiten y dejen en el líquido esas inquietantes motitas blancas, sedosas al tacto, que llenan a uno de aprensiones.

El dependiente de ahora es más parco en palabras. Cuando entras en el local nunca está de codos sobre el mostrador, sino que sale de la trastienda con aires de haber tenido que interrumpir una tarea muy importante en la que estaba ocupado. Despacha el pedido con prontitud, sin dar lugar a conversación alguna, aunque la verdad es que yo tampoco las he propiciado; todavía no me he animado a preguntarle, como hacía con el otro, qué diferencia hay entre las variedades de manzanilla que guardan las distintas botas, o en qué se diferencia un oloroso de un amontillado. La verdad es que ya sé las respuestas a todas esas preguntas, pero bueno sería empezar a plantearlas de nuevo, en una ronda destinada, no tanto a refrescar mis conocimientos, como a suavizar la aspereza del dependiente. En cualquier caso, hoy le he preguntado si la furgoneta que está aparcada en la puerta, en segunda fila, es suya, y si cree que ha dejado espacio suficiente para que pueda pasar mi coche, que he dajado también en segunda fila, justo detrás. Ha sonreído, como pillado en falta. "Sí, por supuesto que pasa, Es que aquí es muy difícil aparcar y dejo la furgoneta ahí hasta que alguien se va y deja sitio". He comprobado luego, de todos modos, que esas consideraciones a la hora de ocupar el espacio público son sólo aparentes: ya en mi coche, después de guardar las garrafas de vino en el maletero, me las veo y me las deseo para pasar por el angosto espacio que media entre la furgoneta parada en medio de la calle y las traseras sobresalientes de los coches aparcados en batería en la acera de enfrente.


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En algunos viejos desmemoriados no se sabe a veces si la desmemoria es involuntaria o sólo pereza para empezar a tirar de un hilo que no se sabe a dónde puede llevarlos.

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