Sujeto estadístico

9/6/2020

Últimamente acudo a este diario apenas un día a la semana. Suele ocurrir en estas fechas en las que se acumula el trabajo de fin de curso. Pero este año hay un motivo añadido: me da pereza anticipar que lo que vengo a anotar aquí tiene que ver con la casuística de la pandemia que estamos atravesando y viene a ser, no ya un registro personal de experiencias propias, sino una especie de ilustración, poniéndose uno mismo como ejemplo, de usos, costumbres y sucedidos que afectan a la media estadística de la población en general, y que uno sólo vendría a certificar; o, peor aún, a hacer un ejercicio de pintoresquismo con todas esas novedades espurias, al modo de un cronista oficioso o un mal escritor costumbrista.

Se da esta paradoja, sí: cuanto más hay que contar en el acontecer general, menos materia hay para el diarista íntimo. Se me pueden oponer ejemplos célebres: el Diario del año de la peste de Defoe (que no es diario, sino novela), la crónica del incendio de Londres que hace Samuel Pepys en su celebre diario (y que es crónica, y sólo funciona como diario en cuanto que el egotista Pepys acusa sobre todo los inconvenientes que la catástrofe causa en su ordenada rutina, incuidas en ella sus trapisondas carnales) o el diario de Ana Frank, que tiene el valor que tiene, no porque sea un testimonio de los horrores de su tiempo (que lo es), sino porque la inspirada niña diarista logra el milagro de crear un hábito de intimidad narrada dentro de esos horrores. 

En fin, ¿contaré que he ido acá o allá cuando las autoridades han empezado a relajar las medidas de confinamiento general? ¿Que me he puesto o no la fatídica mascarilla? ¿Que he asimilado o no la nueva etiqueta social asociada a las precauciones para evitar contagios? Nada de eso es, digámoslo ya, personal... Y quizá de lo único que quepa dejar constancia en este cuaderno sea de eso: de que estas circunstancias, que tan acusados efectos tienen sobre nuestras personas, también nos despersonalizan, nos hacen menos dueños de aquello que nos afecta, al despojarnos precisamente de nuestra individualidad para convertirnos en enfermos, contagiados, transmisores, confinados, etcétera. Es decir, en meros sujetos estadísticos. Y no se sabe de níngún mero sujeto estadístico que haya escrito un diario.

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