Han vuelto


21/7/2020

Han vuelto los flamencos. Quiero decir que de nuevo se han acercado al cantil del paseo marítimo, como hicieron en los días del confinamiento, cuando no había gente que los molestara. Aquello, en su día, fue una revelación, un vislumbre de cómo la naturaleza se tomaba discretamente su revancha y volvía por sus fueros en cuanto el hombre aflojaba un poco su presencia invasiva. Pero ahora, ante la evidencia de que la pandemia sigue ahí y es muy posible que los rebrotes obliguen pronto a un nuevo confinamiento general de la población, la vuelta anticipada de los flamencos resulta un tanto ominosa. ¿Sospechan que volveremos a estar encerrados por decreto y que pronto la zona de la marisma limítrofe con la ciudad volverá a ser suya? Se sabe que hay animales capaces de prever tormentas, terremotos y toda clase de catástrofes. ¿Adivinan los flamencos un nuevo recrudecimiento de la pandemia? No sé. De todos los indicios preocupantes que se han sucedido en las últimas semanas, éste me parece el más digno de ser tenido en cuenta.

*

Llueve a primera hora de la mañana, Como de costumbre, me ha desvelado la luz y me he levantado antes de que suene el despertador, que tenemos puesto a las ocho, calculando el margen que necesita M.A. para incorporarse a su trabajo a las diez. Yo estoy de vacaciones, pero no me importa levantarme temprano y que me cunda la mañana, que para mí es la parte del día en la que más rindo en cualquier cosa que me proponga, y muy especialmente en todo lo relacionado con la escritura o la lectura. Por eso, nada más desvelarme en torno a las siete y media, me he sentado en la butaca de mi despacho, junto al balcón, y me he dispuesto a disfrutar de un rato de lectura mientras se despertaba M.A. Y entonces ha empezado a llover: primero, el sonido inconfundible de esos gordos goterones espaciados en los que se resuelven estos chaparrones extemporáneos del verano, luego las salpicaduras, empujadas por el viento contra mis piernas desnudas junto a la reja del balcón; y, finalmente, el inconfundible olor de la tierra exhausta al absorber el agua. Un chaparrón de verano no da para mucho más, e incluso cabría decir que, a casi todos los efectos, resulta más molesto y perturbador que otra cosa. Ni siquiera ese olor de la tierra es especialmente agradable, aunque uno lo celebre por lo que tiene casi de reacción de un organismo vivo ante un estímulo externo. Pero no hay año en el que el verano no depare alguna que otra ocasión como ésta y por alguna razón no parece que se la pueda dejar pasar sin que reparemos en ella. Un poco de frescor en la tierra reseca. El verano resuelto en una metáfora.

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