Para qué más


23/7/2020

La empleada de la oficina de seguros tarda unos treinta segundos en levantar la cabeza de lo que estuviera haciendo, sólo para volverla a donde tiene colgada la mascarilla y ajustársela al rostro. Ya sabe uno que este sobrevenido ritual higiénico no resulta cómodo y que añade un plus de inconveniencia y desconfianza a cualquier gestión que tengamos que hacer con extraños. Pero esta muchacha, me digo, está obligada por su profesión a ser amable y quizá debería disimular un tanto su contrariedad porque un extraño venga a importunarla. He venido a pedirle un duplicado del recibo del seguro del coche, que me piden en otro negociado. Supongo que no es del todo imposible que el negociado en cuestión tuviera información actualizada de quiénes tienen el seguro en vigor. Pero sin duda esa deseable eficacia daría lugar a que muchas ventanillas perdieran su razón de ser... Y ése es el mundo en el que nos seguimos moviendo, incluso en estos anómalos tiempos de pandemia. Finalmente, no ha sido posible emitir el duplicado requerido: no funcionaba el sistema, o quizá era que tenía que ir yo a pedirlo a la sucursal en la que me hicieron el seguro hace diez años y que no recuerdo ahora cuál fue... Y ahí queda la cosa, en el limbo de las mañanas perd
idas por culpa de gestiones infructuosas. 

*

Nos cerraron nuestro bar de barrio hace unos meses y eso supuso toda una conmoción, porque nos venía muy a mano para responder a esa ansiedad que nos asalta a veces a los sedentarios y solitarios cuando sentimos que no aguantamos ni una tarde más sin salir a tomar el aire. Pero ya hemos encontrado sustituto: un par de manzanas más allá hay una hamburguesería -aunque en realidad ponen un poco de todo- con una amplia terraza con las mesas muy separadas -requisito esencial en estos tiempos de recelos- en la que la clientela, además, es adulta y tranquila: matrimonios que, como nosotros, necesitan ventilarse un poco en las noches calurosas, parejas jóvenes con niño -siempre uno-, eventuales grupos de muchachos -siempre hombres solos- que técnicamente ya han dejado atrás la adolescencia pero todavía no se han instalado del todo en el mundo adulto... El tono es tranquilo, la camarera amable, la comida simple pero fiable, también muy barata. Ayer fue la tercera ocasión en la que nos sentamos allí, al final de estos extraños paseos nuestros de ahora en los que no paramos de descubrir calles solitarias por las que nunca antes habíamos pasado. Es la parte alta del pueblo, por llamarla de alguna manera -la más alejada del mar- y conserva bien su trazado en cuadrícula, precolonial, y el horizonte de casas de una o dos alturas, muchas de ellas de planta antigua. La hamburguesería se halla al cabo de una de esas calles, haciendo esquina ya con la avenida que delimita la primera de las urbanizaciones modernas que amplían el pueblo por ese lado. En ese sentido, tiene algo de bar de periferia, de posada para gente de paso, y de hecho hay quienes, aprovechando que la avenida es ancha y no demasiado transitada y no se crean grandes trastornos si se aparca en doble fila, se detienen allí mismo, en la delantera de la terraza, y compran comida para llevar. 

Pero no hay prisas, no hay sensación de estar en un abrevadero muy concurrido. Nuestro ritual es siempre el mismo: primero pedimos una caña, para aliviar la sed que nos ha dejado la caminata; luego pedimos una segunda caña y algo de comer, a veces para compartir, porque las raciones son desmesuradas; y finalmente, si el ánimo nos pide prolongar el rato, tomamos una tercera caña, para rematar. A la hora en que teminamos -las once u once y media- empieza a llegar más gente, porque se ve que el verano invita a trasnochar. Pero por la camarera sabemos que nunca cierran más allá de la una de la mañana, aunque ello les cueste a veces tener que echar a los parroquianos más insistentes. "Esto no es el paseo marítimo", nos dice la camarera, confiándonos sus cuitas. Y uno agradece que la vida esté hecha de estas tramas insignificantes y que nosotros seamos parte de algunas de ellas por mero afán de huir de las aglomeraciones y el ruido. A quién le puede contar uno esto, cómo presumir de ello ante quienes, a la vuelta de las vacaciones, se vanagloriarán de los lugares populosos en los que han estado. Uno calla y asiente, e incluso finge algún que otro gesto admirativo. Para qué más.

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