Segundo acto


19/7/2020

Me he levantado a las diez y cuarto. Lo anoto porque hacía meses que esto no ocurría. En estos días de rutinas anómalas -valga la contradicción-, cuando la oscuridad lo permitía me he levantado puntualmente a las ocho, y luego, conforme la claridad se ha ido adelantando, me he despertado con la luz, nunca después de las siete o las siete y media, si no me han despertado antes el estruendo del camión de la basura o las voces estentóreas de los trabajadores municipales que se ocupan del mantenimiento del parquecillo que tengo al pie de mi ventana, y que no dudan en comentar a grito pelado el partido del día antes. No llevo demasiado mal estas contrariedades: me gusta aprovechar la mañana y me parece siempre una pérdida irreparable perder durmiendo sus primeras horas. Pero también es cierto que, con el descontrol horario de estos últimos meses, cada vez he tardado más en conciliar el sueño y eso ha redundado en que he ido progresivamente acortando mi tiempo de dormir, lo que se ha traducido en días enteros con la cabeza espesa y la vista cansada. Por eso  celebro hoy haber dormido unas nueve horas seguidas, sin intererrupción, y haberme despertado con una casi olvidada claridad de mente. Aun así, he sido el primero en despertar, como siempre, por lo que he aprovechado el intervalo hasta que los demás se levantaran para leer un poco en el sofá, disfrutando de la paz de la mañana de domingo, que ha durado hasta que a eso de las once y media alguien ha hecho sonar el claxon en medio de la calle, para que un amigo se asomase a la ventana -aquí hay quien parece ignorar que existen los porteros automáticos- y en algún lugar indeterminado a empezado a latir la machacona base rítmica de una de esas horribles músicas con que la gente se aturde. Al poco, en efecto, se despiertan MA y C. Empieza el segundo acto.

*

Al encender el teléfono salta la noticia de que ha muerto Juan Marsé. No presumiré aquí, como tantos han hecho, de mi trato con él, que se redujo a una ocasión en que comí en su misma mesa en compañía de un par de profesores y un empleado municipal que lo atendía con motivo de la participación del escritor barcelonés en un congreso. También tengo constancia, por MA, de su facilidad de trato: cuando se le llamaba por teléfono, como ella hizo en alguna ocasión para entrevistarlo, era él quien tomaba la llamada y de inmediato se ponía al servicio del periodista, sin hacer uso de ese proceloso sistema de filtros, a menudo ridículos, del que se valen otros escritores para darse importancia. Pero todo esto, la proverbial sencillez de uno de los escritores españoles más relevantes del último medio siglo, es conocido y casi no merece mayor comentario. Del mencionado almuerzo tampoco tengo mucho que decir; o, mejor dicho, no puedo presumir de haber ejercido efectivamente de interlocutor del novelista, porque callé casi todo el tiempo y me limité a escuchar. Marsé no era un conversador invasivo, como suelen serlo los escritores locuaces y un tanto pagados de sí mismos -podría citar a una docena-; pero tampoco escatimaba la palabra. Como sus interlocutores sí eran locuaces, con esa característica facundia de la gente bien informada, el escritor parecía sentirse dispensado de la obligación de ser el centro de la reunión y se limitaba a aportar su parecer cuando lo creía oportuno. La conversación derivó inevitablemente a la cuestión de su condición de escritor en castellano en la Cataluña nacionalista. Por aquel entonces -el almuerzo tuvo lugar en octubre de 2013- todavía no era previsible que la situación en Cataluña llegara al actual desbordamiento y se convirtiera en un problema político crucial. Pero el novelista no se llamaba a engaño. El aparentemente dócil nacionalismo catalán, que hasta entonces había jugado, como lo hace hoy el nacionalismo vasco, a ejercer de puntal del gobierno español de turno, siempre a cambio de nuevas concesiones y prebendas, en la propia Cataluña distaba mucho de presentar ese cariz constructivo y dialogante y ninguneaba sin empacho a quienes, como Marsé, ejercían su derecho a expresarse en la lengua común de todo el estado. El escritor puso varios ejemplos, referidos a los medios de comunicación oficiales. Habló también del premio Planeta, de cuyo jurado había sido parte durante años, y del que terminó renegando ante la clamorosa evidencia de que lo que allí se ventilaba nada tenía que ver con el mérito literario de las novelas que concurrían. Y la impresión que daba era que quien comentaba todas estas cosas se refería a ellas como ocasiones o circunstancias en las que se había visto envuelto como por casualidad, sin que ello lo obligara a asumir compromisos ni a renunciar a mantener una cierta distancia prudencial de todo aquello.

Eso me pareció Marsé: sencillo y distante al mismo tiempo, asequible y a salvo ya de cualquier posible duda sobre su lugar en el panorama literario, crítico y mordaz a la vez que reservado y prudente. Creo que, si no levantó la voz contra ciertas cosas con la fuerza que algunos le habrían reclamado, no fue por conformismo o cálculo, sino por un característico sentido de la discreción, en el que alentaba también ese sentimiento de íntimo extrañamiento respecto a su medio que caracteriza a tantos personajes suyos.

Ésta fue mi impresión de Marsé. Sus libros los he leído siempre con placer, incluidos los más flojos -los últimos-, en los que todavía resonaba un eco de la autenticidad que caracterizaba las grandes novelas de sus años de madurez, entre las que yo destacaría, aparte de las muy nombradas Últimas tardes con Teresa o Si te dicen que caí, la hoy casi olvidada Un día volveré (1982), melancólica y serena, como correspondía a un escritor dueño de sus recursos pero ya en trance de revisar los asuntos y preocupaciones a los que había dedicado la mayor parte de su obra. También me fascinó el guión cinematográfico -su única incursión en el género- de Libertad provisional (1976), quizá la mejor película del entonces en alza Roberto Bodegas, con una Concha Velasco que encarnaba muy bien esa visión un tanto fantasiosa de la mujer que Marsé prodigaba en sus novelas y un Patxi Andión en el que parecía haber vuelto a reencarnarse el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa, sólo que después de haberse vacunado contra el redentorismo de la burguesía de izquierdas y haber adquirido un instinto de supervivencia que, de todos modos, no le bastaba para evitarle un destino de criatura abocada al fracaso.

Descanse en paz.

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