Alardes


6/8/2020

Anteayer se me cayó un pesado vaciabolsillos de barro sobre el teléfono móvil y le rompió la pantalla: una fisura transversal, de lado a lado, de momento no perceptible al tacto y apenas a la vista. Ayer M.A. sufrió un accidente de tráfico: un conductor despistado chocó con ella por detrás y ella recibió un fuerte golpe en la cabeza que la dejó trastornada e hizo aconsejable acudir a urgencias. El viejo televisor ha empezado a dar síntomas de que tiene dañado el tubo de imagen: como los de antes, tarda en "calentarse" y la imagen al principio aparece un tanto achatada por la parte de arriba... Siempre me ha llamado la atención que estas calamidades domésticas, tanto las que afectan a personas como las que se circunscriben a los objetos, aparezcan siempre concatenadas. Rachas de mala suerte, o ciclos cósmicos adversos, quién sabe. Lo verdaderamente llamativo, en cualquier caso, es la textura como pedregosa que adquieren los días, la evidencia de que sortearlos es atravesar un terreno no del todo intransitable, pero sí incómodo y extenuante, que además obliga, como ciertos pasatiempos y juegos, a ir parándose en determinadas casillas para purgar en ellas una penalización o ceder alguna que otra baza a los extraños que de pronto se postulan para aliviar tus contrariedades. Y ya es mala suerte, en fin, que estas cosas sucedan precisamente durante las vacaciones.

*

En el consultorio, al que hemos acudido para que examinen el golpe que ha sufrido M.A. Las cautelas sanitarias de los últimos tiempos hacen que la espera ante el consultorio no se resuelva en el característico amontonamiento de gente aquejada de esto o aquello. Eso hemos ganado; a cambio, eso sí, de que los abocados a estar aquí se miren con desconfianza e incluso se advierta una no declarada hostilidad mutua, como si todos pensáramos que el prójimo ha venido aquí a traer un contagio nefando. En cualquier caso, se guardan las formas, en general. Con una excepción: un hombre más o menos de mi edad, que ha irrumpido en la sala sin la preceptiva mascarilla, es interpelado por ello por una celadora, a lo que el hombre responde airadamente que él está allí precisamente porque no puede respirar. Los síntomas descritos parecen los de una crisis asmática, pero llama la atención que una persona en ese trance pueda despotricar y dar voces con el brío que lo hace este hombre. Que, quizá por ello, logra que lo atiendan en primer lugar, no sin antes malentender las indicaciones de la celadora y dirigirse a un consultorio equivocado, del que lo echan sin miramientos, lo que provoca una nueva tanda de denuestos, y al que luego ha de volver, porque es la sala de curas, donde hay una camilla para tumbarse y los demás adminículos de los que suelen disponer estos espacios. 

Comento el caso después con M.A. Al parecer, me dice ella, abundan los casos de personas que hacen estos alardes por tal de conseguir un certificado médico que les exima del uso de mascarillas, para lo que no dudan incluso en insultar e incluso amenazar al personal sanitario. No sé. Es posible que se tratara de uno de esos casos. O quizá, simplemente, de alguien que había perdido los nervios. Lo que inquieta es la impresión generalizada de tensión, del nerviosismo social que precede a un estallido. El propio accidente de tráfico de M.A. debido al descuido de un conductor abrumado, parece responder a ese estado de ánimo. Pienso también en la contrapartida, en los alardes de paciencia y educación que hacemos en algunos comercios, por ejemplo, a esas benditas horas de la mañana en la que todos tenemos aún la esperanza de que sabremos resolver el día del mejor modo posible.

*

Idea un tanto oriental de la belleza: el rostro cubierto en beneficio de la expresividad de los ojos y la rotundidad del cuerpo. Añádase a ello la exigüidad de ciertas vestimentas de verano. Por cubrirnos el rostro, ahora todos vamos si acaso más desnudos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Otro ensayo de despedida

Un mundo oculto

A mí no