Ciclos


4/8/2020

He ido a la peluquería por vez primera desde que se declaró la pandemia y se decretó el confinamiento de la población. No es que no me haya ocupado de mis greñas en estos últimos cuatro meses. A finales de abril, creo recordar, le pedí a M.A. que me rapase la cabeza con una máquina de cortar el pelo y recuperé así mi aspecto de hace unos años, cuando me dio por prescindir del peluquero e incluso de la necesidad de peinarme. Pero guarda uno una relación conflictiva con su apariencia: cada cierto tiempo me canso de mí mismo y cambio algún detalle visible de mi aspecto, en la ilusión de que así inauguro también un nuevo ciclo. Y la vuelta a mi cabeza rapada de hace años no respondía a esa fantasía, sino simplemente a la necesidad de hacer algo con mi pelo ingobernable, muy incómodo de manejar cuando sobrepasa cierta longitud. Así que volví a dejármelo crecer, ya con el propósito de, cuando alcanzara la longitud necesaria, volver al peluquero. También mis barbas reclamaban sus cuidados. 

Hoy me he decidido: he ido al mismo peluquero al que fui por primera vez apenas unas semanas antes del comienzo del confinamiento. Se lo comenté y me dijo que me recordaba, a pesar de la mascarilla que ahora llevo puesta. Entonces, recuerdo, hablamos de lo que ya se avecinaba, aunque nadie podía prever hasta dónde iba a llegar. El sentir generalizado entonces era que se trataba de una gripe un poco más virulenta de la de otros años. La realidad se encargó bien pronto de desmentir ese pronóstico confiado... Y entonces me di cuenta de que a este barbero, como tópicamente se dice de los de su oficio, le encanta charlar y lo hace casi sin pausa desde el momento mismo en el que tiene un interlocutor. Hoy le ha bastado indicarme que debía lavarme la cabeza para pasar a contarme que le planteó ese mismo protocolo higiénico a otro cliente ocasional hace apenas una semana y éste se negó, so pretexto de que la pretensión misma de que se tuviera que lavar la cabeza constituía una ofensa, por poner en duda su higiene personal. En vano le dijo el otro que eran normas dictadas por las autoridades -creo que exageraba- y que había que seguirlas: el cliente persistió en su negativa y alegó, para reforzar su argumento, que él era profesor de universidad y sabía de lo que estaba hablando; tras lo cual pidió el libro de reclamaciones e incluso un papel en blanco donde redactar primero un borrador de su queja. Finalmente, él mismo se persuadió de que aquello no iba a ninguna parte y desistió de presentar la reclamación. "Y fue una pena", declaró mi locuaz interlocutor, "porque yo la habría enmarcado y usado como reclamo publicitario: una reclamación por exceso de celo en la aplicación de los protocolos de higiene". Le doy la razón: visto lo visto, prefiere uno que se peque de exceso antes que de dejadez.

*

Vive uno en estos extraños tiempos como el aro que, echado a rodar, se mantiene en movimiento sólo mientras dura el impulso. Necesita uno impulsarse constantemente, darse acicates, no parar; porque, de lo contrario, desde la inacción, el ya sombrío panorama resulta todavía más incierto, más oscuro, más amenazador, y los propios actos, que uno lleva a cabo sin apenas cuestionarlos, empiezan a revelar su futilidad... Pero eso sólo ocurre cuando uno despierta de la siesta, empapado en sudor y con el corazón desbocado, y sabe que una buena ducha fría obrará milagros.  

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