Restitución

 

2/8/2020

Desde hace un rato venimos oyendo una especie de chirrido superpuesto al zumbido ronco del acondicionador de aire. Sospechamos una avería, porque el ruido anómalo parece corresponderse con las vueltas de una pieza rodante que a intervalos regulares encontrara una resistencia o rozara con algo. Apagamos el aparato. Y, para nuestra sorpresa, el chirrido continúa y ahora si acaso resuena con más fuerza. Salgo al patio, que es donde tenemos el acondicionador de aire y de donde procede el ruido. Que cesa justo cuando entramos. Y mientras yo aguzo el oído en dirección a la máquina, por si descubro en ella algún sonido residual, como de ruedas todavía girando por inercia pero ya en trance de detenerse, M.A. me dirige un voluntariamente mitigado grito de asombro. En la pila de leña hay una enorme cigarra, ahora callada e inmóvil, aunque se diría que el vientre desproporcionado, que le cuelga entre las patas impulsoras, todavía acusa una impalpable vibración. He ahí la causa del chirrido. Volvemos al interior de la casa y, efectivamente, al rato la cigarra reanuda su canto, que ahora quizá encontramos menos chirriante y molesto, aunque igualmente atronador.

Es una criatura de una increíble perfección, con algo de joya -de figura de camafeo modernista, quizá- y de juguete mecánico. Y lo que nos preocupa ahora es que, habiendo caído en nuestro patio, que tiene apenas el tamaño de una habitación pequeña y hace el efecto, entre sus altos muros blancos, de un pozo cuadrangular del que un insecto atrapado no siempre sabe salir, la cigarra siga ahí cantando infructuosamente hasta morir, como hemos visto morir allí mismo a ciertas vistosas mariposas que tampoco acertaron a escapar de la trampa. Nos proponemos atraparla y soltarla en algún baldío. Pero la cigarra ha advertido nuestras idas y venidas y, para que no la molestemos, se ha escondido en algún recoveco de la pila de leña, donde resulta inalcanzable. Todavía alcanzamos a oírla: un canto inútil, sin respuesta, abocado a la muerte, y nos extraña sentir esa conmiseración hacia un insecto, por más que, nos decimos, nada podemos hacer por él y su posible muerte en una trampa estéril no es más que su manera de obedecer a una de las muchas contingencias que determinan su vida.

Peor es lo que constatamos al día siguiente. Por la noche la cigarra ha entrado en la casa y ahora la tenemos en el salón, donde la oímos cantar tentativamente, emitiendo chirridos breves, casi monosilábicos, que no nos permiten ubicarla. Por la tarde, mientras vemos una película, se arranca a cantar, uno diría que acompasándose a las partes musicales de la película en cuestión e incluso contagiándose de su gradación dramática. Está escondida en el hueco de la chimenea, que ahora en verano utilizamos para guardar la cesta de la leña y el soporte del que cuelga el atizador y otras herramientas para manejar el fuego. En vano la buscamos entre esos trastos y de nuevo nos tememos que esté metida en una trampa incluso más insoslayable que el propio patio. Ahí la dejamos cantar hasta extenuarse, dando por seguro que la falta de alimento y la imposibilidad de salir a procurárselo acabarán con ella.

Pero no. Esa noche, cuando volvemos de nuestro paseo a la fresca, la encontramos justo al filo del último de los escalones del recibidor, como esperándonos. Ahora no tiene escapatoria: suavemente, con cuidado de no dañar su delicada estructura de juguete articulado, la empujamos a la puerta y hasta el alcorque del árbol más cercano. Y cerramos la puerta, aliviados. Ya es libre para cantar donde quiera y saltar, si quiere, de la calle a alguna de las huertas colindantes, donde seguro que su canto es más pertinente que dentro de una casa. Y pensamos que hemos obrado algo así como una... restitución.

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