A mí no


11/9/2020

Acaba de llegarme la noticia de la muerte ayer, a los 48 años, de Jesús Bibang González, más conocido como Jota Mayúscula. Hace tiempo que dejé de seguir la clase de música que hacía y producía y difundía desde "El Rimadero", su programa de Radio 3. Pero hubo un momento en que el rap, en general, me atraía y me parecía que ofrecía genuinas posibilidades a la expresión poética. El mencionado programa radiofónico de Jota Mayúscula suponía una interesante ventana a ese género, en cuyos moldes llegué a componer un largo poema, "Nosotros los de entonces", que incluí en mi libro del mismo título y que tuve el privilegio de oír en las voces y arreglos de varios chicos aficionados. 

Me ha apenado la noticia del fallecimiento de este entusiasta propagador de lo suyo, que en un tiempo sentí cercano. La curiosidad es variable y sobre ella pesan imprevistos accidentes, y quizá éste no sea el momento de intentar explicar por qué esta clase de música me dejó de interesar: tal vez por la apropiación de su estética de la que hicieron gala tantos artistas banales, o por su degeneración en "trap", ya perdida la mordiente social e incluso la ambición expresiva de sus orígenes. También le perdí el rastro al citado programa radiofónico, que ya no me saltaba al dial de la radio del coche en las mañanas del domingo, cuando hacíamos el trayecto de vuelta del fin de semana en la sierra. ¿Lo quitaron, lo dejó? No lo sé. Mis veleidades musicales empezaban a ir por otros derroteros, otras exploraciones: el afro-beat, por ejemplo, en la estela de Fela Kuti y sus seguidores. Alguna vez debería molestarme en trazar el cuaderno de ruta de estas curiosidades, escudriñar su posible relación con mi propia evolución vital. Puede que cuando me gustaba el rap me viera a mí mismo en esa tesitura rabiosa de sentir que quienes escupían sus perplejidades a ritmo de verso machacón no andaban muy lejos de mi propio estado de ánimo, como mi querencia actual hacia la música africana -y hacia todo lo africano en general- es posible que se refiera a una cierta esperanza de que allá donde está todo por hacer quizá llegue a surgir algo que cambie nuestra actual sensación de habitar un escenario constreñido, un paisaje estático del que no es posible alzar la mirada para ver más allá de su horizonte inmediato. No sé. Sólo sé que ha muerto este chico, dicen que del dichoso virus que nos castiga ahora, y uno va y se sume en estas melancolías respecto a un pasado propio que ha muerto también, que va muriendo poco a poco todos los días. 

*

"A mí no me da miedo la enfermedad", le digo a este compañero de trabajo con el que he tenido una discusión amistosa a propósito de la posible inoperancia de las medidas preventivas que se han tomado en relación a la pandemia. "A mí lo que me preocupa es faltarles a aquellos que dependen de mí". Y me parece que he pecado por obvio. Porque la verdad es que no creo que a nadie le importe tanto la perspectiva de enfermar y morir como la de concebir un mundo en el que uno falte, quizá por inversión de otra verdad esencial: la de que no hay otro mundo que el que conocemos por el mero hecho de estar presentes en él. Pero ni el mundo realmente existente es una fantasía solipsista ni nuestra presencia en él como individuos supone apenas sino una pequeñísima modulación en su tonalidad general. Y tener miedo a que esa modulación se pierda equivale al posible temor que pudiera sentir un insecto de esos que flotan en aguas remansadas al imaginar que el estanque no sería el mismo sin la casi imperceptible ondulación que su mero contacto imprime en la superficie.

Comentarios

La profe ha dicho que…
Tu forma de escribir estas notas me recuerda muchísimo al estilo de Muñoz Molina. Y me encanta leeros a los dos.

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