Cuando el instinto



20/9/2020

Gente hablando sola por la calle. La mascarilla sanitaria añade, si acaso, un componente grotesco a este espectáculo ya de por sí deprimente. Yo mismo me pregunto si el bullebulle que llevo en la cabeza, y al que voy dando forma como si lo fuera a trasladar aquí, alguna que otra vez traspasa la barrera entre la mera resonancia mental y su articulación vocal. Ahora mismo, mientras escribo estas palabras, voy mascullándolas en voz alta. ¿Estoy hablando solo? Pero ¿qué otra cosa es esta cuaderno, sino un pretexto para poder hablar solo sin que nadie vuelva la cabeza a mi paso y me tome por loco?

*

Entró un pájaro en el aula, causando el natural revuelo. Asustado, hizo lo que cabía esperar: intentar volver por donde había venido, con el resultado de que, en vez de enfilar un hueco de ventana abierta, tomó por tal uno de los tramos en los que se interponía un cristal. Oímos el golpe sordo, muy leve, del cuerpo del pajarillo al estrellarse contra el obstáculo, Cayó al suelo, también casi sin hacer ruido. Ahora éramos nosotros quienes guardábamos silencio, consternados. Me acerqué al cuerpo caído y lo tomé entre mis manos con todas las precauciones posibles. No sólo no pesaba, sino que parecía que el mismo aire sobre la palma de mi mano abierta resultaba más liviano por su sola presencia. Lo dejé en el alféizar de la ventana, lo empujé suavemente con la yema de un dedo: no se movió, aunque de alguna manera me pareció percibir que alentaba. Lo dejé allí casi por muerto. Seguimos con la clase, sobre la que ahora pesaba un silencio incómodo. Al rato, mientras los alumnos hacían sus tareas, me acerqué de nuevo al alféizar. Alargué de nuevo la mano hacia el cuerpecillo, con intención de volver a azuzarlo con la yema del dedo. Pero esta vez el pájaro estaba alerta y, ante la cercanía de lo que debió considerar una garra amenazante, echó a volar.

*

Creo que fue Papini quien dejó escrito que ver comer a gente en público le inspiraba la misma repugnancia que le habría causado verlos defecar, y argumentaba que, filosófica y fisiológicamente, no había demasiada diferencia entre ambos actos. Me acuerdo de ello conforme se va afianzando, en general, el sentimiento de alarma, y diría que de repulsión, ante la visión de una nariz y una boca que no vaya tapada con mascarilla, y de la que imaginamos que va saliendo todo un torrente de secreciones infecciosas. Tales son los sentimientos a que nos ha inducido el bombardeo de consignas sanitarias. ¿Qué pasaría, se dice uno, si se presentara la ocasión de que una de esas bocas cuya sola visión ahora nos repugna nos ofreciera un beso? Pero no sigo por ahí, porque la analogía con los órganos sexuales deja bastante claro hasta qué punto podemos obviar ciertas asociaciones de ideas cuando el instinto acucia.

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