Faenas



13/9/20

Leo un artículo sobre el bienestar que, en estos tiempos aciagos, mucha gente dice sentir al efectuar tareas caseras rutinarias, tales como limpiar el suelo o planchar la ropa. Consecuencia, supongo, del hecho de haber estado confinados durante semanas o meses y haberse tenido que resignar a distraerse con lo que había a mano; aunque también, dice el artículo, porque las tareas que exigen atención y ocupan la mente, y además tienen un ingrediente de repetición mecánica, alejan la ansiedad y tienen un efecto tranquilizador. No puedo estar más de acuerdo. En las últimas semanas, debo algunos de mis mejores ratos, por supuesto, a mis hábitos de siempre, como la lectura o la escritura; pero ambas parecen requerir una predisposición especial, que no siempre tengo, o que a veces sólo me dura un tiempo limitado. Más placentero me resulta pintar, que exige la dosis justa de trabajo cuidadoso y concentración y parece poner en uso facultades distintas a las que intervienen en otros procesos intelectuales, quizá porque pintar no es del todo un proceso intelectual y más bien se apoya en otras capacidades. Pero tampoco hago ascos a esas faenas domésticas a las que aludía el artículo. Ahora, por ejemplo, prefiero quitar la mesa, poner el lavavajillas y limpiar la cocina en cuanto acabo de almorzar, antes de echarme a la siesta, porque con las calores asfixiantes de estos días, la ansiedad más o menos permanente y el malestar asociado a la digestión, esta hora del día me resulta la más penosa de sobrellevar y aplazarla un poco y hacer algo de ejercicio antes de rendirme a ella alivia un poco sus rigores. Y en ésas estamos. 

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Los invasores (49th Parallel, 1940), de mis muy admirados Anthony Powell y Emeric Pressburger, yerra un poco el tiro por elevación... Quiero decir que, siendo una película británica de propaganda antinazi destinada a concienciar al público norteamericano del peligro que representan las campañas de los submarinos alemanes contra Canadá, fuerza tanto los mecanismos emocionales que, al final el espectador casi se idenrtifica con el oficial alemán que, habiendo perdido su submarino en una incursión contra un lugar remoto de la costa canadiense, logra cruzar el extenso país y alcanzar la frontera con los Estados Unidos, donde debería haber podido acogerse a la protección de un país neutral; sólo que dos campechanos guardias de frontera norteamericanos, aleccionados por un soldado canadiense en trance de desertar que se ha topado con el alemán en un tren transnacional y recobrado de pronto el sentido del deber, devuelven al fugitivo al otro lado de la frontera para que sea detenido por sus perseguidores. Es decir, la suerte del alemán, flagrante enemigo de la democracia, como queda abundantemente demostrado por sus dichos y hechos, queda decidida por un acto también flagrante de violación de las garantías legales democráticas a las que debería haber podido acogerse... La película, por lo demás, es espléndida en su factura e incluso en la trabazón del guión, más allá de su declarada finalidad propagandística. Pero, cosas del cine: ¿acaso en las películas de gánsteres no acaba uno siempre identificándose con el malo?

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Va a hacer un año de lo de K. Casualmente, el libro que compila todas las entradas que le dediqué en este diario va ya camino de la imprenta y estará impreso en unos días. Algo me dice que a mi pobre gata no le habría hecho la menor gracia esta forzada exposición pública, y menos ahora, cuando no puede hacer nada por evitarla. 

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